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Hay mucho que ver y probar en una bodega con 125 años de historia. Las fotos solo muestran una pequeña parte de la multitud de espacios que albergan las instalaciones históricas de Haro y la bodega de Labastida. Fotos: Amaya Cervera.

Bodega destacada

La Rioja Alta y el regreso de los grandes reservas

Amaya Cervera | Martes 03 de Marzo del 2015

En 2015 La Rioja Alta cumple un 125 aniversario con mucho que celebrar. Sobre todo gracias al resurgimiento de la categoría de los grandes reservas en la que es una gran especialista. Pero en general toda su gama de vinos parece responder muy bien a las tendencias actuales hacia tintos menos estructurados y más amables. La elegancia y el comedimiento vuelven a estar de moda.

En general todo el Barrio de la Estación de Haro, donde tiene sus cuarteles generales La Rioja Alta, vive un momento dulce. Aquí se encuentra la que es, probablemente, la mayor concentración de bodegas centenarias del mundo (con dos estupendas excepciones: Roda y Muga). Todas las firmas han restaurado sus edificios y han creado tiendas o espacios de cata y disfrute para los visitantes. Es el reflejo de una economía saneada basada en marcas de prestigio bien posicionadas dentro y fuera de España.

El origen del Barrio de la Estación está en la llegada de los négociants franceses tras el ataque de la filoxera a los viñedos de Burdeos y a la situación general de prosperidad que vive Rioja a finales del XIX gracias a la repentina e ingente demanda de sus vinos. Las bodegas se concentran de forma natural en torno a la estación de ferrocarril para asegurar el transporte de los vinos. La Rioja Alta nace en 1890, el mismo año en que se instalan los primeros tendidos eléctricos en España en dos ciudades de vino: Haro y Jerez. Los fundadores son cinco familias vascas y riojanas que eligen como primer presidente ¡a una mujer!, Doña Saturnina García Cid y Gárate. La presencia de los franceses facilita la incorporación de Monsieur Vigier como enólogo, de modo que la aplicación del método bordelés está asegurada. Prueba de la bonanza general es el hecho de que justo después de la fundación se adquirieran 3.500 barricas y de que en apenas dos años se estuvieran produciendo casi 700.000 kilos de uva.

Los vinos de antes

La primera referencia de vino embotellado de la bodega es el antecesor del actual Gran Reseva 890, que entonces se comercializaba como Reserva 1890 en alusión a la fecha de fundación de la firma. Era de la añada 1894 y salió al mercado en 1904 como un “octavo año”. El Reserva 1904 (antecesor del Gran Reserva 904) se elabora para conmemorar la fusión de La Rioja Alta con Bodegas Ardanza, propiedad de uno de los fundadores de la sociedad. Hasta los años 30 los vinos se servían en bocoyes que se transportaban por vía férrea y eran embotellados en destino por un equipo de trabajadores de la bodega que se desplazaba específicamente para ello.

En realidad los indicativos de crianza son relativamente recientes. Según la documentación recogida en el libro Tres siglos de La Rioja Alta, en 1965 la bodega comercializaba un tinto de “tercer año” que mantendría esta nomenclatura hasta que con la añada 1974 pasó a denominarse Viña Alberdi Crianza; y su vino de “sexto año” se transformó en Viña Arana en la cosecha 1969. La que es, probablemente, la marca más mítica de la firma, Viña Ardanza, se registró oficialmente en 1942 aunque ya se comercializaba con anterioridad y, por ejemplo, en una botella histórica de la década de los 60 aparece simplemente con fecha de cosecha en la etiqueta y el indicativo “Red Table Wine”. Los Arana y Alberdi históricos era tintos de graduaciones de unos 11%, frente a los Ardanza y Grandes Reservas de niveles claramente superiores. Hoy los envejecimientos oficiales en barrica para los tres grandes tintos de la casa son seis años para el 890, cuatro para el 905 y 36 meses (más de lo que se pide para un gran reserva) en el caso del Viña Ardanza Reserva.

El difícil equilibrio entre clasicismo y modernidad

A primera vista, La Rioja Alta es una de las firmas riojanas que más ha defendido el clasicismo en su forma de elaborar, resistiéndose a abordar una gama moderna como muchas de sus compañeras del Barrio de la Estación. De hecho, su único intento de iniciar una línea de tintos con envejecimientos menos prolongados en Rioja ha sido a través de una bodega independiente, Torre de Oña (Rioja Alavesa), adquirida en 1995.

Sin embargo, la casa ha cambiado radicalmente por dentro. Por ejemplo con la incorporación del acero inoxidable en la fermentación de todos sus vinos desde 1987. A escasos kilómetros del Barrio de la Estación, pero ya en Labastida (Rioja Alavesa) se encuentran las modernas instalaciones de vinificación construidas en 1996 y remodeladas hace cinco años. Un complejo tecnológico que muchos no asociarían tanto a la imagen clásica de La Rioja Alta como la gigantesca sala de crianza que se oculta en los niveles inferiores. 30.000 barricas es una cifra de inmovilizado sólo asumible para firmas con una larguísima trayectoria en el mercado. No es extraño que, en línea con semejante patrimonio, La Rioja Alta cuente con una tonelería propia y compre directamente la madera de proveedores de roble americano para realizar su propio secado al aire libre. 

El factor diferencial viene por la total ausencia del roble francés y por los tiempos prolongados de envejecimiento. Sin embargo, el estilo ha evolucionado: los vinos son más limpios, hay menos presencia de madera vieja porque las barricas se renuevan cada cuatro o cinco años, se busca algo más de extracción en la fermentación y se ha ganado  centro de boca sin perjudicar la complejidad aromática y la persistencia.

El viñedo: la revolución silenciosa

El mayor impacto en los vinos actuales y futuros tiene que ver con la materia prima y con un cambio profundo en la filosofía de trabajo. La Rioja Alta ha pasado de abastecerse de terceros a convertirse en propietaria de más de 400 hectáreas, 360 de las cuales se encuentran en producción. Desde la cosecha 2005, casi todas las uvas que se destinan a las tres marcas top, Gran Reserva 890 (10.000-15.000 botellas, 109,20 € en El Corte Inglés o vía Wine Sercher), Gran Reserva 904 (150.000 botellas, 38,50 € en Vinissimus o vía Wine Searcher; añadas antiguas en Lavinia) y Viña Ardanza Reserva (600.000 botellas, 19,90 € en Lavinia o vía Wine Searcher) proceden de viñedos propios. Las primeras compras de fincas se iniciaron a finales de los 70 y se intensificaron con el cambio de siglo. 

La mayoría están ubicadas en Rioja Alta con la excepción de La Pedriza en Tudelilla (Rioja Baja), una propiedad con suelos de canto rodado de la que sale el ingrediente definitorio del estilo “Viña Ardanza”: la garnacha. Mientras, la graciano que se destina a los grandes reservas se cultiva ahora en una zona más cálida y central de la denominación que encaja mejor con su ciclo largo de maduración.

Según explica el director técnico de la firma, Julio Sáenz, cuentan con viñedos de cierta edad y producciones rentables en el entorno de los 5.000-5.500 kilos/hectárea que se trabajan pensando en las marcas concretas a las que se destinarán. Ahora mismo se elabora por parcelas y tras la fermentación maloláctica se realizan las pre-mezclas para cada marca pasando a envejecer cada variedad por separado. Por otro lado (y esto es algo que se practica desde finales de los 90), a cada lote se le asigna un tiempo en barrica en función de las características del vino aunque la media final de cada marca se corresponda con sus tiempos oficiales de envejecimiento. El ejemplo más claro de estos ajustes en la crianza es la garnacha del Viña Ardanza, cuyo porcentaje ha aumentado desde 2001 hasta el 20% pero ha reducido el tiempo de crianza de 36 a 30 meses.  

Solo en las mejores añadas 

La reciente presentación en el mercado de la cosecha 2001 del Gran Reserva 890 ha tenido gran repercusión fuera y dentro de España. No es extraño si se tiene en cuenta que los lugares donde más se consumen los vinos de La Rioja Alta son, por este orden, Nueva York, Reino Unido y Madrid. Como ya se hizo en su día con Viña Ardanza, a la cosecha 2001 se le ha dado el distintivo de Selección Especial. Dice Julio Sáenz: “Es la mejor que conozco desde 1964 y creo que ninguna tiene su elegancia y complejidad”.

Está claro que gran parte del éxito de los grandes reservas se debe, más allá de su estilo, a la calidad y capacidad de envejecimiento que ofrecen. Aunque es evidente que los indicativos de crianza no son sinónimos de calidad en Rioja, un gran reserva siempre va a exigir una materia prima de primer orden. Esto quiere decir que sólo podrá elaborarse en las mejores añadas. En 2014, por ejemplo, no habrá grandes reservas en La Rioja Alta. Y la exigencia en esta casa va más allá: en la década de los 2000 no se ha elaborado Ardanza en 2002, 2003 y 2006; incluso tampoco se llegó a hacer el reserva Viña Arana en 2002 y 2003. 

¿Cómo se hace un gran reserva?

En mi última visita a la bodega en enero pasado, Julio Sáenz me dio a probar algunos de los vinos base que deberían ir a la gama alta de la bodega. Pude catar un tempranillo 2012 destinado a Viña Ardanza de distintas fincas de Cenicero, con notas de guinda y cereza en licor, cuerpo medio y nota amargosa en final, y una garnacha de La Pedriza de la misma añada que aportaba el contrapunto justo de volumen, jugosidad y exuberancia. De ahí pasamos a un Ardanza embotellado de 2007 que saldrá al mercado a finales de año en el que ya se había operado el “efecto envejecimiento” y contenía todos los matices especiados (almizcle, canela) y de fruta en compota (orejones) característicos de la marca. Me gustó la gran frescura y elegancia en boca, tan típicas de la cosecha 2007 a la que, por desgracia, no se ha valorado justamente en Rioja.

La graciano 2012 que acompañará a la tempranillo en los grandes reservas se mostraba muy potente, con notas anisadas, toques marcados de regaliz y una madurez más alta de la que se consigue habitualmente en esta uva en Rioja. 

En cuanto a los tempranillos, proceden en general de las mismas fincas situadas fundamentalmente en Villalba, Briñas y  algo en Rodezno pero se buscan los vinos más estructurados y minerales (en general con más presencia de suelos de caliza) para el 890 que debe aguantar un envejecimiento más prolongado en madera. Los destinados al 940 aparecían más pulidos y aterciopelados. En ambos casos catamos también muestras de la estupenda cosecha 2010.

De ahí pasamos a 2005. El 904 que saldrá en aproximadamente dos años al mercado ofrecía un buen hilo conductor de fruta roja y acidez, con notas especiadas, anisadas y ligero toque de cuero. El 890 se presentó bastante más cerrado en nariz, pero estructurado, con notas de avellana en final y un gran potencial por desarrollar. 

Para mantener la consistencia de los vinos y limitar el efecto oxidativo durante la crianza se está realizando un estudio de I+D al tiempo que se están sustituyendo los últimos trasiegos (lo normal es hacer ocho en el 904 y 10 para el 890) por rellenados de barricas.

En el fondo y quizás con la única excepción matizada de Tondonia, el modelo de los riojas históricos sometidos a largas crianzas ha evolucionado tanto como el resto de elaboraciones de la denominación, sólo que a un ritmo diferente. Porque ¿quién pueda permanecer inmóvil durante 125 años?

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1 Comentario(s)
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Jj escribióJueves 27 de Octubre del 2016 (06:10:10)Cierto. Pero por muchas alabanzas que queramos hacerles a estos vinos, un 904 del 2005 no va a ser ni la sombra en capacidad de envejecimiento potencial del 904 de 1964. Ni la sombra. Es imposible por mucho I+D y por mucha historia que quiera decirse. Si reduces crianza en barrica, si reduces tiempos en todo, no puedes obtener lo mismo. Obtendrás un perfil más extractivo, más moderno, más compotado,... "más de lo mismo" que ya hay (y mucho en la moderna DO Ca Rioja). Da la risa. Un Gran Reserva actual, muchas veces no tiene ni los tiempos de Crianza de un sencillo Marqués de Murrieta Ygay Etiqueta Blanca de 1970. Un Gran Reserva de hoy día es un vino de consumo a medio-largo plazo pero entendiendo por medio-largo 2 décadas maximo, no mucho más. Cualquier Crianza bueno de 1964 ó de 1970 llegaba, bien conservado, a 25-30 años de vida desde su cosecha sin problemas. Y el problema de todo esto es, al final, por muchos paños calientes que quieran ponérsele, la "pérdida de identidad" que sufre toda la DO excepto López de Heredia y sus Tondonias. Al final, va a dar exactamente igual comprar un Ardanza que comprar cualquier otro Reserva de corte relativamente moderno de la DO. Es más, no se va a justificar el sobreprecio de Ardanza respecto a otros Reservas de la misma pues la tendencia del mercado es a "UNIFORMIZAR" todos los vinos. Desde luego, yo no pagaré 103€ por un 890 del 2004, pero sí pagaré 150-200€ por un 890 de 1964. El primer caso me parece un vino caro, sobrevalorado, con falta de ensamblaje y de futuro incierto (además, de un muy buen vino más de corte moderno). El segundo caso me parece un vino de clase mundial fiel a su identidad, fiel a la Rioja clásica en estado puro y un vino por el que merece la pena pagar.
 
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