Pasión por el vino español

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“Un lugar escondido desde 1978 en el Barrio Bajo sanluqueño”.

Ese es el lema de la Taberna der Guerrita, pero en realidad hay pocos aficionados al vino de Jerez que no sepan de su existencia. De hecho, se trata de un lugar de peregrinaje que todo adorador de la flor y la albariza debe visitar al menos una vez en la vida, aunque lo habitual es que ese primer viaje sea el comienzo de un enamoramiento permanente con esta taberna de las de verdad donde el vino inspira y emociona.

El responsable de haber creado este culto a la manzanilla en un país donde el consumo de vino ronda los 15 litros per capita (muy inferior si hablamos de vinos de jerez) se llama Armando Guerra. Alto, delgado y con aspecto de chico formal, este enólogo tuvo la visión de ampliar en 2008 la antigua taberna fundada por su padre, Armando “er Guerrita”, con una sala de catas de color blanco albariza dedicada al estudio de los vinos de Jerez por la que cada verano desfila lo más granado del panorama vinícola español.

Nombres como Pedro Ballesteros MW, Antonio Flores, Luis Gutiérrez, Ramiro Ibáñez, Envínate, o Dani Landi han formado parte del plantel de este año, sobre el que Armando ha tenido que colgar el cartel de “No hay billetes” en casi todas las sesiones.

Desde la sala de catas se accede a La Sacristía, con unas 200 referencias, muchas de ellas de todo el Marco, algo inédito en una zona en la que sorprende lo difícil que es encontrar vinos de Jerez en Sanlúcar o viceversa. 

La incorporación de Armando a Barbadillo como director de Alta Enología en noviembre de 2015 supone un gran fichaje para la bodega del Barrio Alto sanluqueño, donde tiene libertad para hacer sacas especiales, buscar botas perdidas y especiales de entre las más de 65.000 que se almacenan en los diferentes cascos de Barbadillo y “poner en valor los grandes vinos que tiene la bodega y que ahora tienen poca difusión”.

Aunque Armando seguirá teniendo libertad para organizar sus famosas catas de verano, deberá renunciar a involucrarse en nuevos proyectos como los que tenía hasta ahora con sus amigos Ramiro Ibáñez, Willy Pérez, La Callejuela, Forlong o Primitivo Collantes, con los que formó Manifiesto 119, un grupo cuyo objetivo es buscar nuevos caminos para impulsar los vinos de la provincia.

En la taberna, decorada al estilo campero y sin concesiones a la modernidad, lugareños de toda la vida del barrio comparten barra con locos del vino que beben las manzanillas y amontillados a granel de la casa en copa grande, nada de catavinos. Los que se queden a comer se encontrarán con una cocina casera sencilla y sustentada en productos de la zona como el atún, las acedías, las pijotas y otros pescaítos fritos y platos de cuchareo como los garbanzos con chocos o el cazón a la marinera. Todo a precios más que razonables en un lugar donde se aprecia y se quiere el vino. Y.O.A.

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