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1. Paterninas viejos. 2. Instrumental. 3. Los colores de los vinos. 4. Paternina Cepa Sauternes 1933. 5. Conde de los Andes 1968 de la era Marcos Eguizábal. 6. Evolución de las etiquetas. Fotos: A.C., Y.O.A. y Carlos Echapresto.

Catas

Riojas viejos: exploramos la colección de Paternina

Amaya Cervera | Martes 23 de Mayo del 2017

El año pasado casi 1.000 personas visitaron los viejos calados de Paternina en Ollauri que han sido totalmente restaurados y se encuentran hoy abiertos al público tras la compra en 2014 al grupo Eguízabal por parte de la familia Murúa, propietarios de Bodegas Muriel en Elciego. 

Según Javier Murúa se han inventariado 450.000 botellas de las cuales 40.000 son anteriores a la década de los setenta. El vino más viejo data de 1892, aunque la fecha oficial de fundación de la bodega de Federico Paternina y Josué es 1896. 

Se trata de una de las colecciones más importantes de riojas viejos y además relativamente intacta en un momento de demanda creciente de estos vinos. Otras casas riojanas que cuentan con botellero histórico como López de Heredia, Cvne, Riscal o Murrieta gestionan estas reliquias con cuentagotas.
La nueva propiedad lanzó al mercado una edición especial de 3.000 botellas de la cosecha 2001 de Conde de los Andes a la que añadirá 1.500 más el próximo mes, pero más interesante para los amantes de los vinos viejos es su intención de sacar partidas muy limitadas de añadas más antiguas: 200 botellas de 1970 y 500 botellas del blanco Conde de los Andes 1983.

Además de estos dos vinos, en nuestra visita catamos otro blanco de 1964, tintos de Paternina de 1964 y 1970 y un semidulce de 1948.  El sumiller riojano de Venta Moncalvillo, Carlos Echapresto, muy versado en riojas viejos, se unió a la familia Murúa representada por Julián y su hijo Javier, para ejercer de maestro de ceremonias. Llegó con su fascinante instrumental ad hoc (ver foto superior): el sacacorchos Durand que combina láminas y husillo, unas tenazas de uso general en bodega, muy típicas también en Champagne, que él utiliza para quitar lacres y romper mallas; y un par de alambres “cazacorchos” previendo la calamidad de que alguno pudiera acabar dentro de la botella. Pero lo cierto es que apenas hubo problemas en el descorche. 

Una de las grandes virtudes de la colección de Paternina es que las botellas llevan décadas reposando inmóviles en las mejores condiciones posibles en lo que respecta a temperatura y humedad. También nos llamó la atención la gran cantidad de medias botellas que se conservan; en concreto, los dos vinos del 48, el tinto y el semidulce, se sirvieron en este formato. Y sí, parece que las medias botellas también pueden envejecer.

Cuatro décadas en una mañana

El Paternina 1948 en media botella, aunque no fue en absoluto la añada favorita de la mayoría de los asistentes, ilustró muy bien la capacidad de Rioja para aguantar el paso del tiempo. Ligero, suave y  muy alejado de cualquier espectacularidad, preservaba la finura y el equilibrio. En nariz asistimos a dos experiencias diferentes: una botella tenía marcadas notas terrosas y a hongos (champiñón), mientras que la segunda era más amable, con aromas a desván y toques tostados (avellana) y especiados (nuez moscada). En cualquier caso, el perfil era el de un vino que ha frenado su curva de evolución y está instalado en una meseta en la que puede continuar quién sabe durante cuánto tiempo.

El Paternina 1964, añada histórica donde las haya, se sirvió en botella de 75 cl. Con un 75% de tempranillo y 62 meses de barrica, ofrecía mucha más concentración. Un tinto más armado e intenso con amplitud en boca, excelente acidez que le daba recorrido y tensión y aún recuerdos frutales que evocaban la frambuesa junto a las clásicas notas de cueros y especiados de la vejez. Probablemente mi favorito entre los tintos. 

Julián Murúa en cambio prefirió el 1970 que se correspondería con un sexto año. Se trataba de un ensamblaje de 70% tempranillo con garnacha, mazuelo y graciano, criado 18 meses en tinos, 48 meses en barrica y embotellado en 1977. En estilo se acercaba a riojas más actuales con una nariz ahumada y especiada. En boca resultó especialmente jugoso (hacía salivar), muy entero y con tanino levemente terroso; realmente juvenil y con vida por delante.

Los blancos mantuvieron el tipo frente a los tintos o incluso los superaron teniendo en cuenta el buen estado de forma del Semidulce del 48. Los dos blancos secos nos pusieron frente a dos tipologías un poco diferentes. El Gran Reserva 1983 en botella Rin, se expresó con una nariz opulenta con notas de membrillo y toques tostados y de frutos secos seguida de un paladar muy vivo con marcado carácter mineral a piedra seca. A Carlos Echapresto le pareció que era un vino que había tenido azúcar residual. También en botella Rin, el 1964 dio más carácter de vejez en nariz (desván, cera) pero en boca se mostró muy seco, sin notas cremosas de barrica y con originales toques herbáceos. El Semidulce de 1948, probablemente un monovarietal de viura, resultó mucho más delicado, casi floral, con recuerdos de talco, piedra pómez y toques cítricos y especiados (piel de limón, jengibre). Con un dulzor muy moderado en el paladar, no había intensidad, pero al igual que el tinto del 48 tenía una textura suave y sedosa. Según Carlos Echapresto, los semidulces fueron muy habituales durante toda una época y procedían de vendimias tardías que tenían lugar una vez que se habían cosechado otros cultivos.

La experiencia de probar estos vinos directamente de bodega tiene un valor extraordinario y, sin duda, es un factor clave en su limpieza y estabilidad. 
Esa misma noche, en Venta de Moncalvillo, Carlos Echapresto descorchó un Paternina “Cepa Sauternes” de 1933, de la época en que los riojas seguían el estilo de los grandes vinos franceses (existían también por ejemplo los Cepa Médoc o Cepa Borgoña). Eligió una botella con el nivel del vino un poco bajo y lo que nos encontramos fue una evolución oxidativa comparable a la de algunos vinos generosos, pero con una boca mucho más delgada. El color era totalmente amarronado pero, sorprendentemente, el vino estaba bebible gracias a esa acidez de los riojas clásicos que actúa como columna vertebral. Había complejidad aromática, pero sin ninguna relación con el estilo del vino originario.

De Paternina a Conde de los Andes

Según estudios documentales, los Paternina asentados en Ollauri tuvieron calados en propiedad en el llamado Barrio Alto por lo menos desde principios del siglo XVIII. También existen abundantes referencias sobre las compras y transacciones de viña realizadas por la familia en Ollauri y otros municipios cercanos. El perfil originario de los vinos de Paternina, como de una gran mayoría de bodegas históricas de Haro, se construye a partir de viñedos de Rioja Alta.

Gracias a la institución del mayorazgo, que vinculaba los bienes para concentrarlos en un heredero y evitar así la diseminación del patrimonio, la familia fue aumentando la extensión de sus propiedades destinadas a la elaboración de vinos. Federico Paternina y Josué sigue la tradición familiar y crea su bodega uniendo tres calados. Lo que ha llegado hasta nuestros días suma 1,5 kilómetros de galerías

La marca de Paternina como tal empieza a cobrar fuerza en Rioja a comienzos del siglo XX, pero alcanza su máximo esplendor a partir de 1920 cuando el banquero y empresario de Logroño Joaquín Herrero de la Riva compra la bodega. Es Herrero quien se trae al enólogo francés Étienne Labatut de la casa bordelesa Calvet y adquiere las instalaciones de los Sindicatos Agrícolas Católicos de Haro

En su libro Vinos de Rioja, el escritor alemán Hubrecht Duijker describe la posterior adquisición en 1940 por empresarios vascos cuya inyección de capital aceleró el crecimiento de la empresa. En 1972 José María Ruiz-Mateos se hace con la compañía y, tras la expropiación de su grupo de empresas (Rumasa) por parte del Gobierno, pasa en 1984 a manos del empresario Marcos Eguizábal. Sus descendientes han desmantelado Paternina en los últimos tiempos con la venta de las instalaciones de Haro al grupo García Carrión, la marca Paternina a United Wineries (Berberana) y los viejos calados de Ollauri a Bodegas Muriel.

La marca Conde de los Andes nace en la última época como paraguas para los tintos gran reserva bajo la cual se embotellan también vinos de la colección histórica de la bodega de Ollauri, a la que se empieza a conocer también por este nombre. Carlos Echapresto nos ha mandado la foto de un embotellado del 68 de su colección particular (ver arriba) que incluye el sello de Marcos Eguizábal a la izquierda, justo encima del logo del Consejo Regulador. También es de su colección particular la imagen en la que se aprecia la evolución de las etiquetas de Paternina y el cambio de denominación de Reserva Especial a Gran Reserva.

Bajo la razón social de Bodegas Ollauri, la familia Murúa ha dotado a la vieja bodega de nuevas instalaciones en las que ya se han elaborado dos Conde de los Andes en versión blanca y tinta en la cosecha 2015. La marca de calidad que se impone de cara al futuro parece ser ésta.

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