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1. Pepe Mendoza. 2. El valle del Xaló o del Pop. 3. Giró. 4. Abargues. 5. Los viejos secaderos o riuraus. 6. Inscripciones en los arcos. 7. El perro de la familia en el logo. 8. El Veneno, un monastrell adictivo. otos: A.C.

Bodega destacada

Pepe Mendoza o cómo reescribir las reglas del Mediterráneo

Amaya Cervera | Martes 03 de Septiembre del 2019

Cuando empieza su vendimia número 26, Pepe Mendoza lo tiene claro: “Nos han vendido la moto de que nuestros vinos tenían que oler a higos y a tapenade, pero eso es un estilo y no la zona en sí ni sus variedades”.

No se le olvidan las palabras del productor Jorge Ordóñez, uno de los impulsores de la exitosa tendencia de vinos maduros, en el último encuentro de la monastrell celebrado en Alicante, donde afirmó que nunca había tomado un buen tinto elaborado con esta variedad de menos de 15% vol. 

“Llevamos 25 años luchando contra el estigma de los vinos cálidos y pesados”, asegura Pepe. “La gente espera encontrar en nuestra zona vinos potentes, con alcohol y algo de sobremaduración. Hay que entender que cuando las cooperativas cortan a tajo y mezclan, los matices se pierden y se impone la sobremaduración. Pero si vendimias a tiempo, seleccionas y proteges la fruta, el resultado es muy distinto”, explica.

Ya lo viene demostrando desde hace tiempo en la bodega familiar E. Mendoza fundada por su padre en la década de los ochenta. Aunque gran parte del prestigio se construyó sobre las variedades internacionales o su combinación con uvas locales, en los últimos tiempos se ha dado más protagonismo a la monastrell, en especial con joyitas como los vinos de parcela Estrecho y Las Quebradas. Pero el trabajo en una compañía que produce entre 800.000 y 900.000 botellas anuales y vende el 60% de sus vinos a 30 países está perfectamente parametrizado. No hay demasiado margen para soñar.

Por eso el tamaño y el enfoque de Casa Agrícola, su nuevo proyecto en Alicante, son muy diferentes: “Quería hacer vinos de gama alta, menos tocados y más delicados, con precisión, algo de raspón y un poco más de riesgo porque me dirijo a un tipo de consumidor que no se va a asustar de un pequeño sedimento o de un color levemente velado”, explica. Ha arrancado con una producción de 60.000 botellas y no tiene intención de superar las 80.000.

Vuelta a la sencillez

En el fondo, Casa Agrícola es fruto de la experiencia, de la confianza y de una reflexión madura y serena sobre los vinos de Alicante y del Mediterráneo. Un proyecto muy personal que Pepe comparte con su mujer Pepa, al frente de las tareas administrativas, y que espera poder transmitir a sus tres hijos: Andrea (19 años) que estudia turismo, Ana (14 años, “la artista de la casa”) y Pepe, el benjamín de 10 años, al que se lleva muchas veces a la viña y la bodega. El logo lo decidieron entre todos y aunque Ana votó inicialmente por su hámster, fue Lola, la perrita teckel de los Mendoza Agulló, la que acabó dando ese sabor tan íntimo y familiar a la imagen de la bodega. 

En Casa Agrícola, el trabajo se centra en variedades locales o de perfil mediterráneo (la syrah entra en algún coupage). El 95% del viñedo es propio y se reparte entre las dos zonas clásicas de calidad de la provincia: el Alto Vinalopó, en el interior, donde cultivan 10 hectáreas de monastrell, syrah y macabeo en el entorno de Villena; y la Marina Alta, en la zona de influencia del mar, donde tienen moscatel y giró (una uva que se ha asimilado a la garnacha, pero que algunos productores locales defienden que puede ser un clon diferente o incluso otra variedad).

A sus 47 años, Pepe disfruta simplificando la enología. Trabaja con depósitos pequeños en los que infusiona con las manos para elaborar vinos sin maquillaje, pero con limpieza, que para algo lleva el oficio en las venas y no le gustan los defectos. Tras la fermentación, su obsesión es que los vinos estén bien cuidados. “Para proteger la fruta, relleno las barricas cada diez días entre noviembre y mayo, pero a partir de entonces no las toco para evitar el aporte de oxígeno. En un ambiente de temperaturas más elevadas, los vinos son más reactivos”, señala.

La gama de vinos de Casa Agrícola está perfectamente definida. Arranca con dos etiquetas de entrada de gama de excelente relación calidad-precio que Pepe considera sus “vinos de paisaje”: un blanco que mezcla macabeo y airén del Alto Vinalopó con moscatel de La Marina (11,5 € en España, 21.000 botellas) y un tinto de monastrell (80%) con partes iguales de syrah y garnacha tintorera del Alto Vinalopó (11,5 €, 30.000 botellas). Sigue Pureza (16 €, unas 4.000 botellas) un moscatel con seis días de trabajo con pieles, pero manejo muy delicado de hollejos y fermentado en ánfora. La elaboración permite matizar la obviedad aromática de la variedad y conseguir un vino original y lleno de matices (notas cítricas y de hierbas con toques de roscón y agua de azahar).

Y ya está en el mercado la primera añada 2017 de El Veneno (29 €) un tinto parcelario de monastrell que procede de la parte más alta y pegada al monte de una finca de ocho hectáreas en el Alto Vinalopó. Para Mendoza, “es la expresión más fresca de monastrell que se haya hecho”, pero quizás lo que más sorprende es la pureza y la nitidez con la que aparece ese ‘nuevo Mediterráneo’. “Antes sujetábamos los vinos con estructura; ahora lo hacemos con frescor. Donde hay fruta hay vida”, sentencia Pepe.

Abargues, los riuraus y la giró

A la vuelta de la esquina está un nuevo tinto elaborado con giró del que habrá unas 4.000 botellas en la primera cosecha 2018. Las uvas proceden de la finca de Abargues, en el municipio de Llíber, en pleno valle del Xaló (o valle del Pop). Se trata de una propiedad tradicional que cuenta con su propia bodega (ahora en proceso de restauración) y dos riuraus, los secaderos tradicionales para la elaboración de pasas que permitían proteger las uvas de la lluvia y la humedad. 

El más antiguo, que cuenta con las clásicas arcadas para favorecer la ventilación, está lleno de inscripciones en su interior, algunas con simbología árabe como puede verse en la foto superior. Aunque la filoxera y la crisis de la pasa hicieron que estas edificaciones cayeran en desuso, siguen formando parte del paisaje de la comarca. 

Abargues es una de las propiedades más grandes que subsisten en esta zona que debe soportar la presión urbanística del turismo. Cuenta con viñas plantadas en 1923, 1940 y 1960. Conocida a nivel local como “La Viña”, Pepe la descubrió hace dos años, la compró y ahora está adaptando la bodega a sus elaboraciones y transformando el viñedo a ecológico. También ha creado una pequeña escuela con ayuda del consistorio de Llíber para formar a los viticultores locales en prácticas más respetuosas y compartir información en la lucha contra las enfermedades de la madera.

La giró o gironet, que el Consejo Regulador tiene descrita como sinónimo de garnacha tinta, tiene aquí su hábitat natural. Gracias a que se destinaba al vino de consumo doméstico ha conseguido sobrevivir a lo que, a ojos de Pepe Mendoza son los dos grandes monopolios de Alicante: el de la monastrell en el Vinalopó, que desplazó a las variedades locales planta fina, merseguera, forcayat o verdil; y el de la moscatel en esta zona de la Marina Alta.

Frente al perfil de una garnacha tradicional, este tinto aporta características notas cárnicas sobre un fondo silvestre y balsámico. En boca es más estructurado, algo que Pepe asocia a la alta concentración de piedra en suelos rojos de arenas oxidadas. Al igual que en otros tintos, utiliza en torno a un 30% de raspón y trabaja por debajo de los 14% vol.

Explorando nuevos caminos

Las Pequeñas Producciones representan la línea de trabajo experimental. “Son un lugar para equivocarme, para experimentar con la máxima libertad y que, aunque solo produzca 1.000 o 2.000 botellas las pueda sacar al mercado para ver cómo evolucionan”, afirma Mendoza. Son vinos, por tanto, que no tendrán continuidad en el tiempo. 

Aquí se permite lujos como dejar que afloren ciertas levaduras que en circunstancias normales es mejor mantener a raya. “Las apiculatas, por ejemplo, que dan volátil pero que son interesantes y pueden aportar algo”, matiza. Y añade: “Somos una región de levaduras valientes que están acostumbradas a trabajar con altas graduaciones; por algo tenemos el fondillón”.

Hasta la fecha ha elaborado el rosado de monastrell Ser-roSé Clásico 2016 (1.500 botellas, 24 €) que saldrá al mercado en el último trimestre del año. Es un sangrado de un depósito de 10.000 litros criado con abundantes lías en barricas Allier usadas de 225 litros durante 14 meses. Ofrece notas de flor seca, naranja, tomillos, especias y una boca muy sápida con la huella de sus suelos calizos. Hay también un blanco de macabeo y merseguera con un pequeño aporte de moscatel criado en tinajas de Padilla bajo velo de flor (unos 16 €). El peso de la flor es muy leve; mandan las notas cítricas y de hierbas en infusión, con similar sapidez en boca y toques terrosos en final. 

Lo más importante que aporta Pepe Mendoza con Casa Agrícola es que otras vías son posibles en el Mediterráneo. Esto significa, por un lado, que, despojados de la sobremaduración, los vinos son capaces de reflejar con mayor fidelidad su origen. ¿No están al fin y al cabo los tomillos, las hierbas secas o los cítricos en la base del paisaje alicantino? Y, por otro, que la frescura es un objetivo alcanzable en un contexto de cambio climático.

“Nuestras variedades se han adaptado. Llevan el sufrimiento en el ADN y han cambiado su forma de beber; no lo hacen necesariamente por las raíces, sino que son capaces de tomar el rocío por la epidermis. Para ello, la mayoría han desarrollado un envés algodonoso de la hoja. Las prácticas culturales también ayudan. De ahí las densidades más bajas que permiten a las plantas tener enormes sistemas radiculares. En 2011 y 2013 sobrevivieron a 11 meses sin lluvia. ¿En qué otro lugar pasa eso?”, defiende Pepe Mendoza.

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