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1. Alejandro Fernández. 2,3 y 4. El arco original en Pesquera de Duero, la bodega y algunas etiquetas. 5. Alejandro y Custodio Zamarra tras una reciente vertical. 6. 1975: el primer Pesquera. 7. Viña Alta. 8. La Ribera vista desde el páramo.

Bodega destacada

Alejandro Fernández: haciendo vino a su manera desde 1975

Amaya Cervera | Lunes 04 de Mayo del 2015

Desde que elaboró su primer Pesquera cosecha del 75 hace ahora 40 años, Alejandro Fernández no ha dejado de escuchar a su corazón. Este elaborador inclasificable que cumplirá 83 años el próximo 11 de agosto siempre ha mostrado –y sigue mostrando– una total indiferencia por las modas en el vino. Alejandro hace simplemente los vinos que le gusta beber: tempranillos potentes (tal y como se entendía el término “potente” en la década de los ochenta), llenos de fruta y capaces de envejecer.

Fue una suerte poder reunirme con él hace unos días en su localidad natal de Pesquera de Duero. De no haber sido por Alejandro, este pequeño municipio de menos de 500 habitantes situado a orillas del Duero habría sido uno más dentro de la DO Ribera. Pero su nombre se conoce y pronuncia en muchos lugares gracias a que nada le pareció más natural que llamar a su vino Tinto Pesquera. La etiqueta muestra desde el principio (aunque hay infinitas versiones como se puede apreciar en el collage superior) el peculiar arco de entrada a la Plaza Mayor que Alejandro me enseñó en un rápido recorrido en coche por el pueblo. Cuando pasamos a la altura de un pequeño mirador donde se suelen reunir los jubilados del municipio, bajó la ventanilla para saludarles con un: “Espero tardar mucho en venir aquí con vosotros”.

A pesar de haber superado los 80, Alejando Fernández aún no está oficialmente jubilado y sigue desplegando una sorprendente energía. Se levanta a las 6:00 de la mañana, va a diario a su finca zamorana de Dehesa La Granja y vuelve a comer a Pesquera. Conoce a la perfección hasta el último rincón de la bodega, incluido el nuevo centro de visitas que se está edificando y cuya construcción supervisa directamente. Tendrá restaurante y una tienda (tomen nota los amantes de los vinos viejos) en la que se pondrán a la venta añadas antiguas y grandes formatos de Pesquera, Janus y Millenium. 

Los primeros años en la Ribera del Duero

Hoy hay algo más de 20 bodegas acogidas a la DO Ribera en Pesquera de Duero, pero la situación era muy diferente en los años setenta cuando las plantaciones de cereal y remolacha habían desplazado a la viña. Alejandro Fernández empezó a ganarse la vida fabricando máquinas para estos cultivos en un taller que con el tiempo se llegó a conocer como la “mini-Fasa” (en alusión a la fábrica de automóviles de Fasa-Renault de Valladolid) y que produjo hasta 300 máquinas al año además de varias patentes que le dieron la base económica para dar rienda suelta a la pasión que le había transmitido su padre por el vino. “Quería hacer un vino a mi manera, un gran vino como se hacía antes, con ayuda de mi mujer y de mi familia y que se conociera en el mundo”, explica. 

El objetivo está conseguido con creces. Hoy el Grupo Pesquera cuenta con unos 130 empleados y es un pequeño “imperio tinto” que se extiende por el Duero y más allá. Incluye 270 hectáreas de viñedo en los alrededores de Pesquera, 250 en Roa (Condado de Haza), su segundo proyecto en Ribera y 130 en Zamora (Dehesa La Granja) donde elabora bajo la designación VT Castilla, además del vino manchego El Vínculo, el único que no se nutre de viñedos propios. En los últimos años la familia ha entrado en el negocio de la hostelería con la creación del hotel Pesquera AF en la localidad vecina de Peñafiel. 

Su mujer Esperanza ha sido una pieza clave en el desarrollo del negocio. Sus cuatro hijas Lucía, Olga, Mari Cruz y Eva se encargan de la gestión de las bodegas con Eva como responsable enológica del grupo.

Volviendo atrás, las primeras añadas de Pesquera se elaboraron en un antiguo lagar situado junto a la bodega actual; el mismo que el padre de Alejandro compartía con otros bodegueros y cuyo funcionamiento se explica hoy a los visitantes mediante un vídeo ilustrativo. No hay que olvidar que la DO Ribera del Duero se crea oficialmente en 1982 con apenas siete bodegas (hoy hay 282). Y que la superficie de viñedo se ha más que triplicado desde entonces pasando de 6.560 hectáreas en 1985 (primer año del que el Consejo Regulador facilita datos) a 21.993 en 2014. 

Steve Metzler, importador de Pesquera en Estados Unidos, descubrió el vino y el personaje por una pequeña noticia publicada en un periódico español a finales de los 70. Hablaba de los esfuerzos de un elaborador por plantar viñedo en la Ribera y la etiqueta del vino prometía. “Los vinos de Francia, Italia y Alemania se podían conocer perfectamente a través de bibliografía –recalca Metzler-, pero España y especialmente las áreas que más me interesaban requerían una visita”. No pudo conocer a Alejandro en su primer viaje, pero sí compró algunas botellas que dejaron alucinados a sus colegas de Seattle y regresó a los pocos meses.

El “efecto Parker”

En realidad, el gran detonante del éxito internacional de Pesquera fue la alta puntuación que Robert Parker dio a su 1982, a la vez que le bautizaba como “el Pétrus español”. El hecho coincide en el tiempo con el gran ascenso del crítico norteamericano por sus valoraciones de la cosecha 82 de Burdeos. 

Almudena de Llaguno, esposa de Metzler y compañera al frente de su negocio de importación Classical Wines, recuerda ese 1982 como algo “impresionante y diferente de cualquier otro vino español”. 

Paco Berciano, distribuidor de Pesquera en Burgos desde la cosecha 86 y de los primeros que escribió sobre Alejandro, le conoce desde hace casi 30 años y cree firmemente que “el personaje está totalmente ligado al vino”. Para él, Pesquera supuso “una auténtica revolución en un momento en que en España se consumían tintos de Rioja algo más diluidos. Alejandro sale con un estilo diferente de mucho más color y estructura que supone toda una revolución”.

José Luis González Cledera, que en esa época era responsable de compras de Vinoselección, el mayor club de vinos de España, recuerda claramente que no le gustaron los vinos la primera vez que los probó: “Demasiado tánicos y estructurados, nada elegantes, hasta me pareció que tenían raspón (como efectivamente se elaboraban en los primeros tiempos)”, recuerda. Eran realmente diferentes, aunque solo dos años después el club hizo la primera de una larga lista de selecciones de vinos de Alejandro. 

Fuera de España, Meltzer piensa que, más allá de las puntuaciones de Parker que han catapultado a la fama muchos otros vinos, la explicación del fenómeno Pesquera radica en que “Alejandro Fernández fue la vanguardia de una de las mayores historias del vino del siglo XX: el renacimiento tardío de una región vinícola histórica y noble que a su vez fue responsable del renacimiento internacional del vino español en su conjunto. Es una historia que ha fascinado a la prensa y al público internacional”. 

Definitivamente, existe el estilo Pesquera

Alejandro Fernández no es sólo un hombre de una gran intuición natural. Tiene el convencimiento y la seguridad de que su camino es el correcto y no le preocupa ir a contracorriente. Por si fuera poco, escapa de toda clasificación y sus prácticas pueden incluso parecer contradictorias.

Fue pionero en plantar en las tierras altas del Duero como consecuencia de una observación muy sencilla: “El que ha merendado alguna vez en el monte –explica–sabe que arriba no necesita chaqueta, pero que cuando baja al pueblo tiene que ponérsela. Por la noche en cambio, la temperatura es mucho más baja en el páramo”. ¿No es esta la definición más atípica de las diferencias térmicas, un factor cualitativo determinante en los vinos de Ribera?

Las tradiciones no le pesan. Aunque hace vendimia a mano, desde el principio planta en espaldera e instala sistema de riego porque considera que los años de mucho calor hay que aportar agua “para que la raíz no chupe de la uva”.
Para él, el momento más importante del proceso de elaboración es la vendimia. De hecho, una de sus frases más célebres es: “Las uvas se tienen que recoger con la piel tersa, como una señorita con la cara bien estirada y sin arrugas”. Ello no quita para que luego pueda vendimiar antes o después que los demás. “Yo nunca he ido con las fechas –concluye–; ni las uvas ni las personas tienen fechas”. El propio Peter Sisseck ha resaltado lo importante que ha sido Alejandro Fernández para “aportar equilibro a la zona en una época en que las maduraciones extremas era lo habitual”. Y José Luis González Cledera siempre ha considerado que Alejandro es esencialmente un gran viticultor.

Los Pesquera se caracterizan por su alta expresividad y gran carga frutal. “Jamás he filtrado ni he utilizado claras de huevo”, dice tajante Alejandro. En esto fue el gran pionero en España. Paco Berciano recuerda cómo la bodega regalaba un decantador con el vino. “Alejandro no filtraba –explica– porque pensaba que iba a perder sabor en el vino; y esta era una decisión tomada no desde el conocimiento sino desde la intuición”.

La tempranillo, y esto es un secreto a voces, es su gran pasión. ¿Cuántas veces habrá repetido que es “la mejor uva del mundo”? Todos sus tintos, tanto de Ribera del Duero como de Zamora o La Mancha son monovarietales de tempranillo en sus distintas expresiones locales. Inicialmente los cría sólo en roble americano, aunque la madera francesa se va introduciendo paulatinamente en sus bodegas en los últimos tiempos.

También tiene su propia ceremonia de servicio, idéntica desde hace años: sacacorchos de láminas y decantación; la temperatura muy fría, con los vinos recién sacados de bodega a unos 12-13 grados. Nunca los intenta describir; dice que están muy buenos y listo.

Alejandro Fernández, un vendedor nato

Todas las personas que han tratado de cerca a Alejandro Fernández reconocen sus indudables habilidades comerciales, tan efectivas como atípicas. Y es que su estrategia de marketing se ha apoyado esencialmente en dar a probar sus vinos a todos aquellos que le rodeaban sin importar el lugar (lo ha hecho en vuelos a Estados Unidos) y su condición.   

Uno de los días que José Luis González Cledera recuerda haber visto más contento a Alejandro es la primera vez que le llevó a Zalacaín, el gran restaurante de referencia de Madrid donde oficiaba como sumiller Custodio Zamarra. Se tomaron un Janus y Alejandro se quedó encantado de lo caro que estaba en carta. 

Zalacaín se convertiría en un lugar de referencia para tomar Pesquera. “Alejandro me traía el vino él mismo”, recuerda Zamarra “y siempre incluía vinos especiales y de añadas antiguas que no tenía nadie”. También rememora las innumerables veces en que Alejandro le pedía que sirviera su vino en mesas cercanas. “Luego se levantaba y decía a los comensales que era el mejor vino”. Se lo llegó a ofrecer al embajador de Estados Unidos y también (y esta es una anécdota de Cledera) al antiguo presidente del Atlético de Madrid Jesús Gil y al escritor Camilo José Cela que estaban cenando solos y con agua.

Pero también se lo dio a probar a un grupo de obreros en un restaurante de menú del día en el que paró a comer con Paco Berciano en un viaje que hicieron juntos al País Vasco. 

Alejandro jamás intenta describir el vino o hacer una cata formal. Es bastante menos ortodoxo y se decanta por frases que son legendarias en el sector como que “el vino es muy bueno para hacer el amor”, o que con sus vinos “nadie se emborracha ni le duele la cabeza”. ¿Puede parecer inconveniente? Quizás, pero todos lo recuerdan.

Almudena de Llaguno, que ha asistido a infinidad de presentaciones con él, asegura que todos los asistentes, “sean de la nacionalidad que sean, acaban cantando la “canción de Pesquera” en su versión completa (Habanera 'Pesquereña') o la más fácil y corta (Guantanamera 'Pesqueñera') al finalizar las presentaciones de Alejandro”.

¿Cómo es Pesquera, la bodega?

No se esperen una bodega boutique ni llena de glamour. Aquí no se hacen microvinificaciones; se trabaja con depósitos grandes sin camisa en naves provistas de ventanas para ventilar en caso de ser necesario. Y nunca desvelan sus cifras de producción. 

Para Alejandro, el gran activo de la bodega son sus 10.000 metros cuadrados (“como un campo de fútbol”, me dice) de nave subterránea para criar los vinos; humedad constante en torno a 12 grados sin necesidad de climatizar y humedad asegurada por la cercanía del río. 

Cuenta con una extensa colección “personal” de añadas viejas que guarda con la mayoría de botellas en posición vertical porque cree que salen mejor los vinos. Mientras visitamos la bodega probamos un muy consistente 2014 que estaba entrando en barrica y un 2013 con taninos algo verdes en fase de crianza. Le pregunto en qué se fija más en los primeros estadios de los vinos y me dice que “en la fruta, la acidez y el cuerpo”. De su último reserva en el mercado de la cosecha 2011 lo más sorprendente quizás es la calidad de los taninos y la precisión con que se integran en el vino. Para él, nuevamente, la clave está en el momento de vendimia.

Los vinos “mayores” y especiales

Teniendo en cuenta la naturaleza intuitiva de Alejandro no es una sorpresa que haya realizado series especiales que van más allá de sus habituales Crianza y Reserva que, por cierto, se siguen vendiendo a precios muy moderados en España: 16 € y 25-30 € respectivamente. Esta gama alta está integrada por los Janus que empezó a elaborar en la década de los 80 (se han elaborado en las cosechas 1982, 1986, 1991, 1994, 1995 y 2003 según información de la propia bodega) y los Millenium que arrancan en los 90 (hasta la fecha elaborados en 1996, 2002 y 2004) y que junto a embotellados ocasionales de grandes reservas (en este caso no han facilitado añadas) solo se hacen en añadas excepcionales.

Todas estas marcas pensadas para envejecer junto con añadas antiguas de sus reservas son lo que llama su “vinos mayores” porque dice que, al igual que con las personas, no le gusta utilizar la palabra “viejo”.

La diferencia principal entre Janus y Millenium radica en que el primero procede de las mejores parcelas de la llamada Viña Alta, mientras que Milleniun viene del Llano de Santiago. Son las dos fincas más importantes del entorno de Pesquera, plantadas ambas en el páramo a altitudes que rondan los 900 metros. 

Los Janus se comercializan como Gran Reserva y los Millenium como Reserva, aunque por sus tiempos de estancia en barrica y botella estos últimos también cumplirían con las exigencia de un gran reserva. Los mitómanos deben apuntar que las cosechas 1982, 1986 y 1994 de Janus son el resultado de una combinación de vinos elaborados parte en acero inoxidable y parte en el viejo lagar que se conserva en la bodega, estas últimas partidas seguramente trabajadas a la manera tradicional con raspón. 

El 1975 que Alejandro descorchó para mí con la añada visible en el corcho procedía de una partida de botellas sin etiquetar que se había encontrado recientemente y que, aparentemente, no había abandonado nunca la bodega. Probablemente esa era la explicación de un vino que desplegaba una tremenda vitalidad. Bajo una nota pulverulenta a desván asomaba un bouquet perfumado de flor marchita, fruta roja y tabaco. En el paladar se mostraba muy elegante, con toques de tinta china (esa raza que no se va), viva acidez y un ligero sabor terroso, aunque la textura era perfecta y pulida y la persistencia muy alta.

A Paco Berciano los vinos de Alejandro le recuerdan a algunos Tondonias en el sentido que parece que van a iniciar su declive, pero luego se mantienen estables durante años en una especie de extensa meseta. Pienso que otro punto común es un efecto de “decantación” natural de años y años que les confiera una trama especialmente fina, aunque evidentemente con mucha más consistencia y estructura en el caso de los Pesquera.

Para Berciano, los vinos de Alejandro siempre han estado en el mismo sitio: “Antes eran de los más poderosos y luego de los de menos extracción; antes era caros, pero ahora resultan baratos”. Y Metzler cree que “es su carácter de vinos no manipulados lo que les sigue distinguiendo; vinos con personalidad distintiva que son tanto el resultado de su origen único como de su productor”. 

Pocas veces se da semejante simbiosis entre un elaborador y su creación.  ¿Dónde acaba el hombre y dónde empieza el vino? Alejandro Fernández y su Tinto Pesquera es una gran historia del vino español que empezó hace 40 años. 

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