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1. Amanece en Luis Cañas 2. Ismael corta uvas 3. Traslado de uvas a la bodega 4. Los vendimiadores hacen un descanso 5. Mari corta uvas y León las lleva al remolque 6. Alberto y Endika, en la mesa de selección 7. Luis Cañas Fotos: Yolanda O. Arri

Vendimia

Un día recogiendo uvas en Rioja

Yolanda Ortiz de Arri | Martes 14 de Octubre del 2014

Todavía no ha amanecido pero en Rioja Alavesa mucha gente ha comenzado ya su jornada laboral. Furgonetas, temporeros y parte del personal de las bodegas de la zona se prepara para otro día de vendimia.

Tras un buen desayuno para coger fuerzas, las cuadrillas de vendimiadores contratadas por Bodegas Luis Cañas salen hacia viñedos cercanos a la bodega, situada en Villabuena de Álava.

Son una minúscula muestra de los miles de temporeros que se desplazan hasta Rioja para recoger la uva de sus más de 63.000 hectáreas. Algunos pertenecen a familias gitanas, otros provienen de Sudamérica, África, Portugal o Europa del Este, pero la crisis ha devuelto también a muchos nacionales a un oficio que aparcaron en los años del boom del ladrillo en España, como le ocurre a Vicente. "Dejé de vendimiar durante ocho años y me dediqué a la construcción, pero la crisis me ha traído de nuevo al campo", comenta.

Es una situación que comparte con varios de los 11 integrantes de la cuadrilla, que se han desplazado desde Quesada, un pueblo de 6.000 habitantes en la provincia de Jaén. Allí han dejado a sus familias, a las que no verán durante las ocho semanas que dura la campaña. En este aspecto es más afortunada Mari, que está en Rioja con su marido, su hija y el novio de ésta. Son las únicas mujeres de la cuadrilla. Además de vendimiar, les toca trabajar en los fogones. "Nos turnamos para cocinar y preparar los bocadillos para llevar al campo. Los hombres echan una mano, pero siempre están: Mari, sácame una cerveza, dame esto otro... yo creo que son machistas", dice esta mujer de 57 años, que lleva vendimiando desde los 14, cuando se fue a Francia con su padre. 

Están a gusto en la residencia que Luis Cañas construyó en 2006 para sus temporeros. Mari y su marido tienen una habitación de matrimonio; los demás comparten dormitorios con literas. Disponen de varios servicios "con buenas duchas", cocina, lavandería, enfermería, comedor y hasta una televisión. "No encuentras casas como esta cuando vas a vendimiar", dice Ismael, el futuro yerno de Mari. "Mi novia lleva enferma unos días y aquí puede descansar en la habitación de sus padres, sin que le moleste nadie. Las camas son cómodas, tenemos lavadora y secadora; cuando llegamos, las sábanas y las mantas estaban limpias y todo funciona", explica Ismael. 

Parece algo básico, pero muchos vendimiadores viven en condiciones poco dignas. "En otra prestigiosa bodega para la que trabajé en Laguardia nos miraron mal cuando les pedimos que reemplazaran la bombona de butano. Nos hemos llegado a encontrar las sábanas usadas del año anterior y los baños sin limpiar durante meses". Ante estas situación no es de extrañar que los temporeros quieran repetir en Luis Cañas. "Mi novia y yo llevamos aquí cinco meses; antes de la vendimia estuvimos espergurando y volveremos el año que viene", asegura Ismael, con ocho años de experiencia a sus espaldas. "Además, pagan bien. Nosotros ganamos 10 euros por hora de trabajo". 

Sudor y mucho esfuerzo

Vendimiar las 870 parcelas que tiene Luis Cañas requiere sudor y esfuerzo físico. Los racimos cuelgan en la parte baja de la cepa así que toca agacharse para cortarlos y rechazar los que no estén en buen estado sanitario. Además, hay que hacerlo con destreza y rapidez pero con cuidado de no cortarse con las tijeras. No tienen tiempo de recrearse en el bellísimo paisaje que les rodea, con la Sierra de Cantabria como telón de fondo. Las hileras de viñedo se vendimian por parejas y cada trabajador recoge unos 1.100 kilos de uva al día.

En la vendimia con remolque cada cesto de uva pesa unos 20 kilos, pero la cuadrilla de Jaén corta a mano. Las cajas llevan una marca hacia la mitad que indica el límite de uvas que se pueden recoger para evitar que se aplasten. Todos cortan racimos, pero en esta cuadrilla solo los hombres llevan las cajas llenas al remolque, que pesan unos 12 kilos cada una. Las reciben José Luis y Jimmy, que se encargan de apilarlas y llevarlas en los tractores a la bodega. 

A las diez de la mañana la cuadrilla para media hora para tomar el bocadillo y beber agua. No se ven botas de vino, como antiguamente. Charlan sobre sus experiencias en Francia -la mayoría coincide en que la vendange es más dura- y en las campañas de la aceituna en su tierra natal. Ismael y otro compañero hablan de su paso por el Ejército -ambos prestaron servicio en Afganistán y en Madrid, tras los atentados del 11-M.

El descanso llega cuando hace mal tiempo, pero un vendimiador puede pasar hasta dos semanas seguidas trabajando. Los días que no se puede salir al campo aprovechan para hacer la colada y hacer la compra en el Mercadona de Haro. "Vamos allí porque es el más barato. En esta zona todo está caro; una barra de pan cuesta 1 €; yo en mi pueblo no pago más de 60 céntimos", dice León, otro vendimiador.

Todos tienen contrato y papeles en regla. Ni trabajadores ni empresarios se la juegan porque las redadas policiales, incluso con helicópteros, son frecuentes. Tanto la Ertzaintza como la Guardia Civil son implacables frente a los productores de la denominación que emplean a personal sin contrato, con multas de 6.000 euros por trabajador. Esta medida, en principio loable, se vuelve esperpéntica cuando afecta también a familiares y amigos, que no pueden echar una mano en la vendimia, como se lleva haciendo toda la vida. Si quien ayuda en el campo recibe una prestación (paro, jubilación, etc) se arriesga a perderla. Es la "burrocracia" llevada hasta sus límites más extremos.

El trajín de la bodega

En la bodega el olor a vino llena el ambiente y la actividad es febril. Suena el ruido de despalilladoras y tractores, que llegan a la báscula para medir la calidad de la uva que traen en sus remolques. Allí se turnan Jose y Olalla, las dos mujeres encargadas del departamento de campo quienes junto a Fidel, el director técnico, y Pedro, enólogo, indican a qué depósito irá la uva. Por la noche ellas también decidirán qué viñedos se vendimian al día siguiente en función de la madurez de la uva, las condiciones meteorológicas y las necesidades de la bodega. 

"La frase que más se oye en esta sección es "Y lo mío, ¿para cuándo?" que la dicen los proveedores que traen uva de las fincas que gestionamos", bromea Iñaki, gerente de la bodega y "apagafuegos" de todo tipo de incidencias que ocurren en estos días de nervios. Juan Luis Cañas, el propietario de la bodega, también está haciendo este papel en la nueva bodega que han adquirido en Samaniego, a 3 kilómetros de Villabuena. 

En vendimia, todas las manos son pocas para procesar los millones de kilos de uvas que entran en bodega. Hasta los comerciales Óscar y Luis han estado en la mesa de selección y los depósitos, viendo el trabajo desde otra perspectiva diferente. También tienen a unos jóvenes en prácticas del centro de formación La Laboral de Logroño. Ayudan a descubar, a controlar vinificaciones o en la mesa de selección. 

Para Miguel es su segundo día en Luis Cañas, pero ha trabajado antes en bodegas de Alemania e Italia. Como en la vendimia, la experiencia aquí cuenta mucho. Armado con guantes de látex y tijeras, debe descartar las uvas podridas o botritizadas, racimos sin madurar y alguna hoja que se haya colado en la caja. Hay una segunda mesa de selección, pero no te puedes relajar, dice. A primera vista parece un trabajo cómodo, pero los turnos de pie sin moverse afectan sobre todo a la espalda. Un problema en uno de los filtros de la máquina le da a Miguel un respiro para ir al lavabo y lavar tijeras y guantes, que se quedan pegajosos con el azúcar de las uvas. 

Uno que sabe bien lo que es echar horas en la mesa de selección es Luis Cañas. A sus 86 años, el patriarca de la familia conserva una vitalidad que solo la tienen aquellas gentes, sobre todo del campo, que han trabajado mucho durante toda su vida. Aunque lleva años jubilado, siempre anda por allí, echando una mano en lo que puede. Su hijo Juan Luis y su nieto Jon, que trabaja como operario en el campo, le regañan si le ven trabajando, pero él no puede evitarlo. "Tengo cinco hernias en la espalda, y no me han salido por estar quieto, pero si veo que algo necesita hacerse, pues lo hago", dice Luis. Ya no tiene la vista igual que hace 50 años pero con su experiencia podría sacar las uvas malas casi sin mirar. 

"Ayer estuvimos aquí hasta las 10 de la noche y hoy supongo que será parecido", dice Miguel. No se queja, porque está contento de poder trabajar y adquirir experiencia. Allí estará también Luis, cerrando portones y pendiente de los pequeños detalles hasta que concluya la vendimia.

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