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1. Los 14 vinos de la cata 2. El escenario con los ponentes 3. Una sumiller sirve un Torre Muga 4. Sarah Jane Evans comparte almuerzo con David Sampedro, Melanie Hickman y Ezequiel Sánchez. Fotos: Yolanda Ortiz de Arri

Rioja

La Cata de la Estación reflexiona sobre tradición e innovación

Yolanda Ortiz de Arri | Viernes 22 de Junio del 2018

Con 14 vinos, siete bodegueros y 800 profesionales en dos turnos, Sarah Jane Evans era consciente de que tenía que imprimir agilidad a la cata del Barrio de la Estación de Haro así que eligió un formato de entrevistas y vídeos para reflexionar sobre tradición, innovación e identidad en un enclave histórico “con la mayor concentración de bodegas centenarias del mundo”.

En el primer vídeo, el catedrático de historia de la Universidad de La Rioja, José Luis Gómez, recordó brevemente cómo era Haro entre los siglos XVI y XVIII. “Solo había 2.000 habitantes pero era un lugar importante en Rioja porque el 50% de su superficie cultivada eran viñas. Los arrieros vendían el vino en pellejos en el País Vasco y de regreso traían hierro y otros productos que llegaban por mar,” explicó. Hoy en día nos costaría beber ese vino, que se oía mezclar con miel, aunque según Gómez había una excepción citada por cronistas internacionales de la época: “el clarete”.

Para ilustrar esa época de manera líquida, tres enólogos del Barrio —Alejandro López de Bodegas Bilbainas, María Larrea de Cvne y David González de Gómez Cruzado— presentaron tres vinos tradicionales hoy en día pero que en su nacimiento fueron rompedores: Viña Pomal Gran Reserva 2010, nacido a principios del siglo XX, Imperial Gran Reserva 2010, en el mercado desde 1920; y Honorable 2014, que nació en 1914 como gran reserva. A la pregunta de Evans sobre si existe un estilo típico del Barrio de la Estación, David González explicó que hay “un hilo conductor entre las siete bodegas, buscando la finura, buscando vinos que envejecen bien”.

La burbuja post-filoxera

En el segundo vídeo el experto en filoxera suizo Andreas Oestreicher recordó que la filoxera, que entró en Rioja por Sajazarra en 1899, “llevó a esta región al tope pero también a la miseria”. Para responder a la demanda de los négociants franceses durante esa burbuja, se llegaron a plantar 52.000 hectáreas de viña en 1891, pero la filoxera resolvió el problema de la sobre producción de golpe, ya que hasta 1980 no se volvió a alcanzar esa cifra. Oestreicher también recordó los efectos de la filoxera sobre la población: “20.000 riojanos tuvieron que emigrar entre 1900 y 1910”.

Tras el vídeo, se presentaron cuatro tintos de 2001, una de las grandes añadas de Rioja: Viña Tondonia Reserva, Viña Ardanza Reserva Especial, Prado Enea Gran Reserva y Roda II. José Luis Ripa, director comercial de Tondonia y “consorte de María José López de Heredia desde 2012” coincidió con David González en que los vinos del Barrio son finos y tienen potencial de guarda y destacó que en Tondonia se sigue intentando mantener el grado por debajo de los 13% y la mezcla de uvas para mantener frescura. Julio Sáenz, enólogo de La Rioja Alta, también recordó la importancia de la mezcla de uvas en vinos como Viña Ardanza —para lo que han comprado una gran finca en Tudelilla donde cultivan la garnacha que entra en el coupage. 

Blancos con estilo propio

Los blancos llegaron en la tercera tanda, precedidos de una intervención en vídeo muy espontánea del investigador y ex director de la Estación Enológica de Haro Manuel Ruiz, que recordó la poca viña que vio a su llegada a Haro en el tren allá por los años 60. “Entonces había cereal y remolacha y pronto me di cuenta de que las bodegas tenían su despensa de uvas en la Sonsierra y en otras zonas de Rioja”. Cuando aún “se primaba que sobrara uva y se usaba la barrica sin criterio de calidad”, Ruiz recordó las charlas nocturnas que organizaba con los agricultores en una época en la que las bodegas querían impulsar las variedades foráneas. “Por suerte no prevaleció”, concluyó.

Para presentar su Viña Pomal Maturana Blanca 2017, Alejandro López recordó que aunque hay registros escritos de su existencia en 1622, esta variedad se dejó de plantar tras la filoxera porque era poco productiva. En Bilbaínas, “una bodega centenaria que está constantemente replanteándose todo” han apostado por esta variedad local con buena acidez plantando 22 hectáreas debajo de las Conchas de Haro. 

Según David González, que presentó su Montes Obarenes 2015, un viura con 15% de tempranillo blanco, el futuro de los blancos en Rioja está en las variedades autóctonas. “Tenemos un estilo propio y hay muchas zonas buenas para plantarlo”, explicó.

El último blanco de la mañana fue Monopole Clásico 2014, la primera añada de este vino recuperado por Cvne basándose en el cuaderno manuscrito de Ezequiel García “El Brujo”, que elaboraba este vino hace más de 50 años con manzanilla y botas de Sanlúcar y que hoy vuelve a ser innovador. “A la viura mayoritaria le añadía calagraño pero ya queda poco; ahora tampoco  tenemos el vino durante 8-10 años en barrica como entonces; sería impensable”, aseguró María Larrea, directora técnica de Cvne.

Mirando al futuro

La última tanda comenzó con un Viña Tondonia Reserva 2006, una añada que aún no está en el mercado y que la elabora Mercedes López de Heredia “con el mismo respeto que sus antepasados pero con un matiz diferente”, apuntó José Luis Ripa. “Hoy en día se habla mucho de la viña, pero yo creo mucho en las personas”.

Agustín Santolaya tomó el relevo con Roda 107, un vino experimental que parte de un proyecto de recuperación para recuperar las mejores familias de tempranillo con el objetivo de conseguir vinos con pHs más bajos y menos alcohol en un futuro. “Este que estáis probando ahora está descarnado, pero el futuro está ahí”, indicó Santolaya. “Nuestra generación no encontrará las soluciones, pero las siguientes sí lo harán”.

Otro vino que se presentó en primicia fue Torre Muga 2015, que saldrá al mercado en diciembre. Jorge Muga explicó que introducir este estilo en la gama familiar fue idea de su tío Manuel “el afrancesado” que quería un vino al estilo de Burdeos. Jorge Muga también jugó con la innovación a su regreso a Rioja después de trabajar en Sudáfrica y elaboró un vino dulce con viura que no pudo sacar al mercado porque en aquel momento el reglamento no los permitía. “Fueron 3.000 botellas que nos hemos ido bebiendo muy a gusto en casa”, bromeó.

La cata finalizó con una jugosa garnacha 2017 de La Pedriza, la finca de La Rioja Alta en Tudelilla, que formará parte de Viña Ardanza, antes de dar paso a un pequeño coloquio con los bodegueros moderado por Sarah Jane Evans. Todos coincidieron en la apuesta por las variedades locales frente a las foráneas con cultivos en condiciones óptimas para mantener la esencia de un lugar donde la tradición convive con la innovación.

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