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1. El Bibei. 2. Rafael Palacios. 3. Los vinos de la Cía de Vinos Telmo Rodríguez. 4. Pablo Eguzkiza. 5. Pedrouzos. 6. O Tesouro de Viña Somoza. 7. Curro Bareño y Jesús Olivares (Fedellos do Couto) 8. La Perdida Dona Branca. Fotos: A.C.

Regiones

El irresistible encanto de Valdeorras

Amaya Cervera | Martes 10 de Julio del 2018

Algunos de los vinos más interesantes que se producen en Valdeorras los firman productores de fuera que se enamoraron de algún rincón de la más oriental de las regiones gallegas. El más conocido, desde luego, es el riojano Rafael “Rafa” Palacios (se instaló en la zona en 2004 y está detrás de los godellos más finos y refinados), pero muy a principios de los 2000 Telmo Rodríguez y Pablo Eguzkiza, socios y amigos en la Cía de Vinos Telmo Rodríguez, en su constante descubrimiento de viñedos tradicionales por distintos lugares de España, ya habían adquirido el sitio histórico de Falcoeira, a la sazón una empinada ladera cubierta de vegetación salvaje y sin apenas rastro de viña que estaba considerado como el grand cru de la zona.

La magia del valle del Bibei

No es casualidad que ambos apostaran por el Bibei. El más abrupto de los tres valles que conforman la denominación comparte la complicada orografía de una Ribeira Sacra que comienza precisamente en la orilla opuesta. Aunque erigido en el siglo XVIII (no hay por tanto relación con las órdenes religiosas que conservaron el cultivo de la vid en España durante la Edad Media), el cercano santuario mariano de As Ermidas da un caché innegable a esta zona en la que se podría hablar igualmente de viticultura heroica.

Tanto Palacios como los socios de la Cía de Vinos consideran que el Bibei es la zona histórica de producción donde prácticamente no había posibilidad de otros cultivos. El suelo aquí es arenoso, fruto de la descomposición del granito. Las cepas se precipitan ladera abajo hacia el río, casi siempre contenidas por muretes de piedra que ayudan a frenar la erosión. “La arena lo filtra todo: el agua, la sal…”, explica Eguzkiza. Para Palacios, “Bibei es la zona granítica pura; a medida que se gana altitud desaparece la arcilla”.

Más allá de los suelos, lo que más atrajo a Rafa del Bibei fue la frescura de la altitud y la orientación norte para la elaboración de blancos. “La godello se transforma aquí y se hace mucho más elegante”, asegura este elaborador obsesionado con “huir del perfil de vinos gordos”. Con mucho esfuerzo, por lo atomizado de la propiedad, Palacios ha conseguido reunir algo más de 20 hectáreas de viñedo en propiedad. El nombre del blanco central de su proyecto, As Sortes, refleja la fragmentación extrema de la tierra de cultivo y la circunstancia de heredar (una “sorte” es una parcela) mediante sorteo. Su viñedo estrella O Soro es, probablemente, la cumbre blanca del Bibei, un blanco refinado, de vibrante acidez y con capacidad para desarrollarse en botella. 

El Bibei tinto visto por dos románticos del vino

Su equivalente tinto es, probablemente, Falcoeira, elaborado por Telmo Rodríguez y Pablo Eguzkiza a partir de un viñedo que ha tardado más de una década en volver a la vida. Tras roturar el monte (una ladera con 150 metros de desnivel orientada al sur) y reconstruir los muretes de piedra desde cero, se plantaron primero los portainjertos para posteriormente injertar en campo. Son 2,75 hectáreas que en el mejor año hasta la fecha (2016) han producido 4.000 kilos de uva. Guiándose por las variedades que quedaban en viñedos cercanos, plantaron brancellao y sousón en la parte alta y mencía, merenzao, algo de tintorera, jerez y godello en el resto.

“El problema no es comprar una finca, sino tener la capacidad de ponerla en marcha y mantenerla, ya que esto último cuesta el doble”, asegura Eguzkiza. “El gran reto que tenemos es que sean vinos lo suficientemente caros y atractivos para mantener el paisaje y seguir trabajando estas viñas a mano”. En su opinión, la diferencia es tan clara como comparar las aproximadamente 170 horas de trabajo por hectárea que exige un viñedo convencional frente a las 580-600 horas que se dedican a estas parcelas. 

Por suerte, el vino es tan impresionante como el trabajo de recuperación que hay detrás. Eguzkiza debió sentirse feliz cuando en una comida con viticultores hace unos años, uno le preguntó si era el loco de la Falcoeira y le reveló que la parte que habían plantado era “a capilla”, la mejor zona de la ladera. Hoy la etiqueta reza Falcoeira ‘A Capilla’ (unas 1.300 botellas, 50 €). 

Hay otros dos viñedos en exposiciones más frescas que dan vinos más aéreos. As Caborcas es la caótica ladera opuesta a Falcoeira (“un viñedo menos mítico, pero donde al menos había viñas”, según Pablo) que se traduce en un vino de unas 1.500 botellas (45 €).  As Ermidas, que ha salido al mercado con el nombre de O Diviso (800 botellas, 50 €, una pena que la botella que trajo Eguzkiza tuviera TCA), está situado frente al santuario de mismo nombre. Es el viñedo situado a mayor altitud (710 metros), en una zona límite (la vegetación cambia a castaños y el viñedo está muy expuesto a los caprichos de los jabalíes) y que hubo que replantar casi en un 50%. La expresividad de estos vinos está muy por encima de los muy correctos Gaba do Xil blanco (12 €, 90.000 botellas) y tinto (9 €, 30.000 botellas) que constituyen la entrada de gama de la Cía de Vinos Telmo Rodríguez en Valdeorras.

Me da la sensación de que el gran vino de aquí -y esto no es Valdeorras; es el Bibei- es tinto, ” dice Eguzkiza. Es significativo que los tres tintos que elaboran en esta geografía salvaje lleven la mención “Gran vino de Galicia” en la etiqueta, mientras que el blanco que sale de las cepas intercaladas en estos tres viñedos se limita a indicar ‘Viñedos de Galicia’. “Lo llamamos ‘branco’ (Branco de Santa Cruz) porque somos conscientes de que todavía no hemos hecho el gran blanco de aquí”, ratifica Pablo. 

La fiebre de la godello

Sin embargo, para la mayoría de consumidores Valdeorras es sinónimo de blanco y, muy especialmente, de godello. Defendida por prescriptores tan influyentes como Jancis Robinson (“cuanto más pruebo esta variedad blanca del noroeste español, más me gusta”), la godello se asocia a vinos serios, con buena acidez y estructura que responden bien al trabajo en madera.

Jorge Ordóñez, un gran conocedor del mercado americano, se instaló en la zona en 2007 para elaborar algunos de los vinos (blancos y tintos) con mayor personalidad dentro de su amplio portfolio en España en los que las variedades se imponen claramente sobre la elaboración. 

Valdeorras fue la primera opción cuando Pago de los Capellanes, una de las bodegas más conocidas de Ribera del Duero, se planteó hacer “un blanco que siguiera la filosofía de vinos complejos y de guarda de sus tintos”, en palabras de Estefanía Rodero, segunda generación de la bodega familiar de Pedrosa de Duero (Burgos).

La primera añada 2014 se hizo en instalaciones alquiladas y desde 2016 trabajan en una bodega propia en Larouco con capacidad para procesar 200.000 kilos y pensada únicamente para blancos. Con 30 hectáreas de viñedo propio y pagando precios muy altos a terceros, comercializan tres vinos bajo la marca O Luar do Sil: un godello joven que se comenzó a elaborar en 2016 (120.000 botellas, 9 € en España), otro sobre lías, mi favorito del grupo y el que mejor refleja la variedad (45.000 botellas, 18 €), y un tercero fermentado en barrica (4.000 botellas, 25 €).

La compra por parte de Cvne de Virxe de Galir, una firma con 11 hectáreas de viñedo y unas 150.000 botellas de producción situada en O Barco, en noviembre de 2017, confirma el interés de los grandes grupos nacionales por la zona. María Urrutia directora de marketing, destaca la demanda de godello en el mercado nacional y en la exportación y el interés en “aprovechar nuestra red de distribución para ampliar la gama de vinos especiales”. Pendientes aún de realizar su primera vendimia en la zona, el objetivo inicial es mantener la producción de vinos blancos y tintos.

La presión sobre las 370 hectáreas de godello existentes en la zona ha aumentado considerablemente en las últimas vendimias. Los precios han pasado de los aproximadamente 0,60 €/kilo que se pagaban a principios de la década de los 2000 a 1,20-1,40 €, con picos de 2 y 2,50 € a causa de las heladas en la cosecha 2017. Rafa Palacios ha abandonado la producción de su blanco de entrada de gama Bolo, decidido a depender lo menos posible de uvas de terceros. En 2017 su producción se redujo a 130.000 botellas (su tope han sido 300.000 en la generosa cosecha 2016) frente a las 170.000 de un recién llegado como Luar do Sil.

Los terruños de Valdeorras

El aumento de la demanda de uva no parece que vaya a facilitar la exploración de los distintos terruños de esta región situada a caballo entre Bierzo y la Ribeira Sacra. Valdeorras es conocida internacionalmente por la producción de pizarra, pero alberga una notable diversidad de suelos. Por eso el giro de tuerca de Viña Somoza desde que Prudencio Villalba se hiciera con el control de la sociedad y contratara a Javier García de 4 Monos (Gredos) como asesor ha sido particularmente interesante. 

Aunque la bodega no tiene viñedo propio, sí cuentan con proveedores en distintas zonas de la denominación. Tras elaborar todo por separado en su primera vendimia 2015, Javier García reorganizó la gama partiendo de un blanco básico regional de godello trabajado con levadura natural y procedente en su mayoría de suelos aluviales (Neno, unas 30.000 botellas, 10 €) y lo complementó con expresiones de terruños más concretos. Así, mientras que As 2 Ladeiras (3.000 botellas, 15 €) es un godello procedente de zonas de viñedo tradicional en los valles del Bibei y el del Xares (el valle más pequeño de la DO formado por un afluente del Bibei) con mezcla de pizarra, gneiss y arena, el delicado y floral Ededia (850 botellas, 25 €) procede de una viña de suelos calizos ubicada en Rubiá. En tintos la apuesta es bastante original: tras el Vía XVIII de entrada de gama que toma su nombre de la calzada romana que unía Braga con Astorga, O Tesouro (1.000 botellas, 25 €), un floral y terroso monovarietal de brancellao (en la etiqueta se utiliza la sinonimia albarello) procede también de Rubiá. En ambos casos se utiliza algo de raspón en vinificación y se prefieren volúmenes grandes para la crianza. 

La principal zona de cultivo de Valdeorras es el valle del Sil. El río dibuja una cuenca amplia y bien aireada cuya ladera más preciada, según relata Borja Prada de Valdesil, era la de Villaredo en Vilamartín de Valdeorras. Dividida en parcelas minúsculas, coincide con la parte más lineal del cauce del río y su orientación sur la resguarda de las heladas. La familia Prada, que en tiempos poseyó viñas en esta y otras zonas, y ha ido recuperando paulatinamente la tradición vitícola perdida puede presumir de haber conservado uno de las parcelas más antiguas de godello. Plantada en 1885, inmediatamente después de la filoxera e injertada sobre pies de vid americanas, Pedrouzos es pura arqueología vitícola. Fue un viñedo heredado por el bisabuelo de Borja quien, por lo visto, ya elaboraba por parcelas y sabía que los vinos con más porcentaje de godello eran más longevos.

Valdesil cuenta hoy con 20 hectáreas de viñedo propio ubicadas en su mayoría entre A Portela (el pueblo del abuelo) y Córgomo, pedanías de Vilamartín de Valdeorras. Francisco Prada Gayoso, padre de Borja, retomó la elaboración de vino en 1991 y curiosamente su primer gran éxito fue el Valderroa, un tinto ligero y fácil de beber que no esconde la parte vegetal de la mencía gallega. Sus vinos actuales más emblemáticos son blancos de godello: el Valdesil sobre Lías (14,5 €), untuoso y con buen contrapunto de acidez y el Pezas da Portela (4.000 botellas, 24 €) fermentado en barrica que evoluciona en clave opulenta y cremosa. Con las uvas de Perdrouzos, por cierto, se elabora un blanco escasísimo en formato mágnum.

Fuera pista

Con la experiencia de Fedellos do Couto en Ribeira Sacra, Curro Bareño y Jesús Olivares creen que estas dos zonas vecinas se han centrado en la mencía y la godello respectivamente, mientras que la diversidad se ha preservado en los pequeños valles adyacentes. Su nuevo proyecto sigue explorando la geografía del Bibei que ya conocían en su vertiente de Ribeira Sacra para concentrarse en torno al municipio de Viana do Bolo, situado al sur de As Ermidas, pero que queda fuera de la zona de producción de la DO Valdeorras.

Con parroquias a ambas orillas del río, la zona de Viana do Bolo es mucho más fresca y elevada (hasta 850 metros de altitud). En un paisaje menos escarpado al discurrir el río más próximo al páramo, se cultivan variedades tintas (mencía, gran negro, mouratón, tintorera, bastardo) y blancas (godello, dona blanca, palomino) en pequeñas parcelas plantadas en vaso sobre suelos muy brillantes por su alta proporción de mica. La elaboración se hace en una de las cuevas del viejo barrio de bodegas de Seadur. Al estar fuera de DO (sus vinos de Ribeira Sacra también los han sacado de denominación) tienen libertad para mezclar uvas de un lado y otro del río.

El proyecto se ha estrenado con la añada 2016. Son apenas 17.000 botellas repartidas en tres tintos. Siguiendo la forma habitual de trabajo en Fedellos utilizan raspón en fermentación y encubados largos. El fresco y tensionado vino de entrada de gama Lacazán (3.800 botellas, quiere decir holgazán) tiene base de sousón (60%) más descartes del resto de la gama. Por encima está Peixe da Estrada (10.000 botellas), un concepto de vino del Bibei que mezcla 85% de uvas tintas con 15% de blancas y combina sensaciones florales con frutos oscuros y una buena estructura. La propuesta más jugosa y refinada es Peixes da Rocha, elaborada a partir de las dos viñas más altas, ambas en suelos de granito, ubicadas en dos pequeñas parroquias de Viana do Bolo.

También fuera de DO, pero más por motivos conceptuales que geográficos, Nacho González es una rara avis centrada en la producción de vinos naturales con su proyecto La Perdida. De su pequeña bodega de Larouco salen 10 vinos, algunos de ellos experimentales (como un ancestral con palomino). Lo suyo son pequeñas parcelas en vaso (tiene 30 que suman cuatro hectáreas) con todo tipo de variedades. Además de godello, de la que tiene una versión trabajada con pieles, elabora una interesante dona branca criada seis meses en tinaja con recuerdos de maceración, un punto oxidativo pero buenas sensaciones cremosas en boca. En tintos combina garnacha con mencía y también con sumoll (toda una rareza en la zona cultivar esta uva de origen catalán). 

Es el suyo un proyecto particularmente modesto en el que busca controlar todo el proceso desde el campo hasta la venta. Un gran contraste frente a sus nuevos vecinos de Luar do Sil.  

GODELLO: ORÍGENES Y RECUPERACIÓN 

La godello participó de la recuperación de variedades autóctonas que se inicia en Galicia en los años 70. El famoso “plan Revival” permitió que una variedad residual se convirtiera en el estandarte blanco de Valdeorras. 

Algunas figuras clave de este proceso fueron Horacio Fernández Presa, jefe de la oficina agraria comercial, conocida en la época como Agencia de Extensión Agraria de O Barco y cofundador de Godeval que falleció en 2013; Alfonso Losada dirigió la selección clonal desde EVEGA (la Estación de Viticultura y Enología de Leiro); y el viticultor de Santa Cruz Teodoro Benéitez, elaboró el primer monovarietal de godello (apenas 50 botellas) en 1979 a partir de cepas sueltas de su finca Falcueira, según relata en esta entrevista publicada en el blog del Consejo Regulador.

Benéitez, quien vendió muchos de sus viñedos a Rafael Palacios, cumplirá 90 años el 9 de noviembre. El propio Palacios destaca en este artículo publicado en el blog de Vila Viniteca la importancia del proceso de recuperación: “Los viticultores más recientes hemos podido disfrutar de viñedos con edades cercanas a 40 años para elaborar vinos con más carácter, calidad y longevidad”. No hay duda, por otro lado, de que los productores más madrugadores en llevar la godello a sus viñedos como Godeval o Guitián disfrutaron de un posicionamiento privilegiado en el mercado.

Pero ¿cuál es el origen de la variedad? Parece que la godello se desmarca del resto de variedades blancas gallegas. Un estudio de parentescos de vid llevado a cabo en 2013 por varios investigadores españoles estableció que tanto la godello, como la verdejo y la maturana blanca de Rioja eran hijas de la traminer rot (gewürztraminer o savagnin -la gewürztraminer es una mutación de la savagnin-) y la castellana blanca, lo que para los autores del estudio explicaría el carácter aromático de estas variedades. 

Rafael Palacios, sin embargo, defiende que “la godello no es una variedad aromática o terpénica”. De ella destaca que “tiene la piel dura y que siempre está vegetando, como si fuera una uva de Navidad”, así como su “facilidad de adaptarse a la sequía”. Igualmente recalca que puede ser muy distinta cultivada en suelos pobres y extremos o productivos hasta el punto de parecer dos variedades diferentes. Esto explicaría la creencia de que existen dos clones: uno cualitativo y otro productivo (para Palacios este último se corresponde con algunas nuevas plantaciones de alta densidad en espaldera y trabajadas con abonados generosos). No deja de tener gracia que en la zona a menudo se confunda con la verdejo y se hable de verdello o verdejo refiriéndose al clon productivo. Algún productor nos confesó que las famosas levaduras de la verdejo de Rueda también se habían utilizado en Valdeorras. 

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