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1. Aurelio García en el viñedo de La Infanta. 2. El paisaje llano de Cuenca. 3. La familia al completo y sus vinos. 4. Cosecha 2022. 5. La nave de fermentación. 6. La crianza. 7 y 8. Suelos en Cuenca. Fotos: A.C.

Bodega destacada

Aurelio & Micaela: el refinamiento de la bobal y otros proyectos familiares

Amaya Cervera | Domingo 09 de Octubre del 2022

Quien haya seguido la trayectoria de Aurelio García y probado los vinos que firma en Valquejigoso (Villamanta, Madrid) o los de algunas de sus asesorías como Valdepotros (Carabaña, Madrid) o Lagar de Isilla en Ribera del Duero, se sorprenderá de lo diferente que resulta del proyecto que comparte con su mujer Micaela Rubio. Frente al estilo más estructurado, a menudo apoyado en variedades internacionales que maneja en su día a día como enólogo, los vinos de familia tienen mucho más que ver con sus raíces y gustos personales, además de estar centrados en variedades locales y suelos con marcada personalidad. 

Aunque llevan elaborando pequeñas cantidades desde la cosecha 2012, éstas se destinaban casi en exclusiva a la exportación hasta su irrupción en el mercado nacional en 2020 con vinos de Cuenca y de Gredos. Lo han hecho, además, con confianza y sin miedo a poner precios superiores a la media en estas zonas. “Estas regiones pequeñas te abren las puertas de los mercados internacionales”, afirma Aurelio.

Hijo de camionero

Para poder compaginar su intensa agenda se han hecho la bodega de crianza en los bajos de su casa de La Alberca de Záncara en Cuenca. La de elaboración, a muy pocos metros de distancia, ocupa el espacioso local donde su padre, camionero de profesión, guardaba su trailer. 

Aurelio no tiene recuerdos de infancia de vendimias en familia, sino de fines de semana poniendo su granito de arena para dejar el camión bien reluciente. “Mi padre nos inculcó desde muy pequeños el valor del trabajo; mis veranos de adolescente y universitario los pasé ayudándole”, recuerda.

Estudió en Ciudad Real, primero Ciencias Químicas y luego Tecnología de los Alimentos donde se impartían asignaturas de viticultura y enología. Profesores amantes del vino como la catedrática María Dolores Cabezudo o el especialista en polifenoles Isidro Hermosín le abrieron los ojos a un mundo que, al final, pudo más que la oposición de profesor de secundaria que se sacó sin dificultad. Empezó su carrera en 2003 en Bodegas Mont Reaga (Montreal del Llano, Cuenca) junto a Juan Fuentes, uno de los enólogos y consultores más prolíficos de Castilla-La Mancha, y de ahí dio el saltó a Valquejigoso (Villamanta, Madrid) para volar ya solo y ponerse al frente de su ambiciosa gama de vinos.

De Cuenca a Ribera pasando por Gredos

Desde entonces ha compaginado la dirección técnica de esta bodega con distintas asesorías, a la vez que, junto a su mujer, también enóloga, iba soñando con sus propios vinos. Rubio, que también es de La Alberca de Záncara, ha desarrollado casi toda su carrera profesional en Ribera del Júcar (Cuenca, Castilla-La Mancha), primero en la cooperativa de Casas de Benítez (Bodega San Ginés) y luego en la de Pozoamargo (Casa Gualda). Todavía recuerda al viticultor de casi dos metros de altura que llegaba en un tractor diminuto, casi de juguete, con sus racimos de uvas pequeñitas de bobal que eran de lo mejor que procesaban en San Ginés. La viña de donde salían y muchas otras sin relevo en el cultivo forman ahora parte de su proyecto.   


Con un nombre tan poco habitual que goza de cierta tradición en su familia y esa larga experiencia con la bobal en Ribera del Júcar, parecía evidente que los vinos conquenses de la pareja deberían llevar el nombre de Micaela Rubio. La otra pata del proyecto son garnachas de Gredos que se embotellan bajo el paraguas de Alto Horizonte. El porfolio en ambos casos arranca con un tinto de entrada de gama a modo de vino de pueblo, para seguir con un vino de paraje y acabar con un parcelario de suelo relativamente extremo. Dada la ubicación de la bodega, los vinos de Cuenca salen como VT Castilla y los de Gredos como vino de mesa, aunque no descartan tener sus propias instalaciones en esta zona en el futuro. 

Las dos líneas se agrupan bajo el paraguas genérico de Aurelio García que, en breve, acogerá un tercer proyectó que sí saldrá con DO y que se apoya en viñas de la vertiente soriana de la Ribera del Duero. En este caso se trata de una única etiqueta (“casi una excusa para seguir yendo a una zona con la que tengo muchas conexiones”, dice Aurelio) que se estrena en la cosecha 2020 y que saldrá en septiembre con el nombre de La Guía de Aurelio García. Está elaborada con tempranillos viejos del municipio de Matanza de parcelas en las que, con frecuencia, hay intercaladas cepas de albillo. El vino, que fermenta con un 30% de raspón y se cría en barricas de 500 litros usadas, forma parte del estilo más fresco y terruñista que se practica en este cada vez más deseado rincón de la Ribera.

Bobales de suelos pedregosos 

El proyecto de bobal está centrado en un triángulo con suelos muy específicos que forman los municipios conquenses de Pozoamargo, Casas de Benítez y Casas de Guijarro, todos ellos adscritos a la Ribera del Júcar. Es un paisaje relativamente llano configurado sobre una cuenca sedimentaria del Terciario que se fue rellenando con materiales de las montañas circundantes y el aporte de ríos y lagos de una cuenca sin salida al mar. El grueso del viñedo (85%) se encuentra en Casas de Benítez; el resto en Pozoamargo, el pueblo más alejado del río Júcar y de maduración más temprana. Son en total siete hectáreas propias más algunas uvas que compran a viticultores que han conservado viñedos tradicionales en vaso, cada vez más amenazados por la falta de relevo generacional y la dificultad de conseguir mano de obra para vendimiar.

Les interesa mucho el efecto del canto rodado en la superficie que permite mantener la humedad en los suelos, pero también lo que hay debajo: “Una capa con mayor o menor dominio de la arena o de la arcilla más algo de grava, y luego siempre acabas en el calcáreo”, señala Aurelio. 

“Existen pocos lugares con esta densidad de piedra en superficie y uniformidad de tamaño”, explica el enólogo conquense. Que la piedra no sea demasiado grande, hace que haya más cantos, lo que facilita la tarea de labrado y también permite disipar con relativa facilidad el calor acumulado durante el día. En la foto inferior se puede ver cómo la tierra permanece fresca debajo de la piedra.


Los viñedos que han ido comprando son vasos de secano con bastante diversidad clonal de bobal y mezcla de otras variedades como rojal (también con distintos clones) y cepas sueltas de coloraíllo, pintaíllo, moravia agria y algo de blanco. No buscan rendimientos bajos sino llegar a los 5.000 y 6.000 kilos/hectárea para retrasar la maduración y expresar mejor los suelos. La zona es muy sana (en 2023 podrán elaborar ya en ecológico), así que se arreglan con algún tratamiento biodinámico en años lluviosos porque la bobal sufre bastante en las primaveras frías. Hacen un laboreo al año, aclarean racimos tras el envero para quitar aquellos que han quedado expuestos al sol y retiran la vegetación del centro de la planta para tener una buena aireación al tiempo que evitan despuntar para generar un sombreado natural. En vendimia buscan sensaciones de uva crujiente. En una cosecha cálida como 2022 se han movido entre 12,7 y 13,5% vol.

El tinto de entrada de gama El Reflejo de Mikaela (14.000 botellas, 18 €) es un bobal que busca un trago fácil al estilo de un beaujolais. Fermenta con un 30% de uva en inoxidable y luego se cría levemente en vasijas poco porosas de arcilla y sílice fabricadas en Francia, y roble con cierta presencia de madera nueva, ya que todo lo que entra nuevo en bodega se envina con esta cuvée. La parte herbal del raspón está bastante presente en nariz, casi más como un vino de estilo, pero la boca es fresca y jugosa.

Mikaela (30 €, algo menos de 3.500 botellas) es quizás la mejor tarjeta de presentación para descubrir lo que se puede sacar de una variedad en la que ha faltado confianza y que sigue estando necesitada de miradas exigentes que exploren su potencial para elaborar vinos finos. Las uvas proceden del paraje El Poleo, una zona con influencia de pinares y mayor presencia de arena en los suelos que aporta sensaciones mediterráneas y finura en boca. En la cosecha 2019 hay también notas cárnicas y el paladar es profundo, con taninos firmes y maduros y mucha persistencia aromática en final de boca donde vuelven las notas boscosas y de monte. 

Aunque visualmente sea difícil de identificar, el top La Infanta (poco más de 500 botellas, 90 €) procede de la parte más elevada de la cuenca, donde al desecarse el antiguo pantano, se arrastraron materiales a los lados, los suelos son menos profundos y la roca madre calcárea aparece a 30 centímetros profundidad. Es la primera viña que compraron del proyecto: la del viticultor de los racimos con granos de uva pequeñitos. Son cuatro parcelitas plantadas una junto a la otra (había una quinta que se perdió) en 1919 y con marco de plantación antiguo en tresbolillo. En nariz hay una parte floral (lavanda) muy delicada y otra más cárnica y profunda. La estructura en el paladar es muy diferente; refinada y casi liviana en entrada para luego ganar intensidad y desmarcarse con un final de boca de gran longitud. Un bobal de tiros largos.


Gredos: en busca de la altitud 

Con tres hectáreas en propiedad, dos más arrendadas y un 35% de uva comprada, el objetivo en los viñedos graníticos de montaña de Gredos es buscar las zonas más elevadas de la provincia de Ávila. La mayor parte del viñedo se concentra en Navatalgordo, pero también tienen viñas en Burgohondo. Son en total 50 microparcelas con cepas de más de 80 años plantadas en suelos graníticos que pueden llegar superar los 1.100 metros de altitud.

Los vinos elaborados en una añada fresca como 2020 son particularmente expresivos. En todos ellos se usa generosamente el raspón, pero resulta prácticamente imperceptible a la cata por el buen equilibrio que presentan. El entrada de gama +Altitud (11,000 botellas, 16 €) es un excelente representante de la línea de garnachas poco extractivas de la zona. Es floral, fragante, muy sabroso y con un toque tizoso al final. 

Al igual que ocurría con Mikaela, Alto de la Cruz (algo menos de 5,000 botellas, unos 30 €), es probablemente el vino que expresa esa visión central de lo mejor que pueda dar la zona. Se elabora con uvas de Navatalgordo en una zona de terrazas naturales y con algo de presencia de arcilla en el suelo que da algo más de estructura y madurez, pero la expresión sigue siendo muy refinada: floral, piel de naranja, con mucha pureza aromática, un paladar que hace salivar y termina con una nota salina marcada que le da mucha personalidad.


El top El Cerro Brujo (menos de 800 botellas, 90 €) busca una expresión extrema (”la verticalidad del granito”, dice Aurelio) de manera similar a La Infanta de Cuenca. Son uvas de una pardela de menos de media hectárea en el paraje La Jorá (o El Morisco) con un 40% de inclinación y suelo de granito puro muy lavado por la erosión. Es el más delicado y desnudo de todos, aunque tiene su parte de profundidad; hay menos fruta y bastante más de esa sensación de chupar piedra en un final desnudo y sin concesiones. Una garnacha para esos locos que buscan el suelo en los vinos.

Sin complejos

El proyecto va creciendo poco a poco. En 2022 han elaborado 55.000 kilos de uva, 30.000 de Cuenca y el resto en Ávila. De estos, poco más de 10.000 kilos van a proyectos de colaboración con terceros. En bodega han llegado nuevos depósitos de hormigón para la próxima vendimia para que los vinos de paraje se vinifiquen en este material. Aunque también utilizan tinas de plástico, el tamaño pequeño de sus depósitos de acero inoxidable (entre 3.300 y 3.500 litros) les permiten trabajar con pequeñas partidas para ir profundizando en el conocimiento de sus parcelas. 

En el sótano de su casa y junto a la bodega de crianza se puede apreciar el buen gusto de Aurelio y Micaela en su ecléctica y bien nutrida bodega personal donde no faltan zonas clásicas de fuera y dentro de España, aquí con buena presencia de regiones que se han reinventado o renacido en los últimos años. Es evidente que están volcando en sus vinos el conocimiento, experiencia y contactos adquiridos en sus años de profesión.

Y lo hacen sin complejos y atreviéndose a vender a precios acordes con la edad de sus viñas y la calidad de sus vinos. Quien esté pensando en tirar la toalla en esas mal llamadas zonas menores, que escuche bien a Aurelio García cuando dice: “Ahora mismo es más fácil vender en el extranjero vino español de regiones menos conocidas que de grandes zonas como Rioja o Ribera”.


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