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1. El río Duero. 2. Zona óptima de maduración. 3. Regiones vitícolas del Duero. 4. La propuesta de Huetz de Lemps. 5. Cortes transversales. 6. Las claves de cinco ríos. 7. Durante la presentación. Imágenes: L. M. Munilla, Ester Bachs, F.M., A.C.

Regiones

El Duero, el río plural

Amaya Cervera | Miercoles 12 de Septiembre del 2018

¿Puede el Duero convertirse en el eje central de la estrategia de comunicación de los vinos de Castilla y León, con un papel similar al de afamados ríos vinícolas como el Garona, el Mosela o el Ródano? 

A juzgar por las ponencias del congreso Duero International Wine Fest celebrado los pasados días 7 y 8 en Burgos, el río es el gran hilo conductor para una gran mayoría de regiones de esta comunidad autónoma, aunque algunas de ellas (como Bierzo en León que se sitúa en la cuenca del Miño, y Sierra de Salamanca y Cebreros en el Sistema Central, que forman parte de la del Tajo) queden fuera de su influencia. 

Este artículo recoge las principales ideas de la presentación que realizamos en ese foro Fernando Mora MW y quien escribe para intentar situar el Duero entre los grandes ríos vinícolas del mundo. 

Mientras que Mora expuso a través de cuatro ejemplos la manera en la que un río puede configurar una zona vinícola para destacar los beneficios, a veces muy distintos, que aporta en función del clima, la latitud y la propia geografía, mi parte se centró en la descripción de las señas de identidad de la cuenca del Duero y la identificación de elementos comunes y diferenciales con respecto a esos otros grandes ríos vinícolas del mundo.

¿Qué es un río y qué aporta a una zona vinícola?

“Un río es una corriente continua de agua que va a desembocar al mar o a otro río en el caso de un afluente”, recordó Mora al inicio de su exposición. Las regiones vinícolas tendrán características diferenciadas en función de si están situadas en su curso alto (su parte más montañosa que da lugar a valles en V con pendientes muy inclinadas y alto poder erosivo del agua), medio (llanuras hacia las que se arrastran los materiales erosionados) o bajo que, a menudo, se corresponde con la desembocadura y donde se sedimentan los materiales que han sido arrastrados. 

En este sentido, el primer elemento que el río aporta a cualquier región vitícola es la erosión y modelación del paisaje. Otros aspectos fundamentales para Fernando Mora MW son: el efecto moderador del clima, su capacidad para reflejar la luz solar, el hecho de ser un generador de variaciones térmicas día-noche que favorecen una maduración equilibrada de las uvas, su papel como puerta de entrada de distintos fenómenos atmosféricos y, por supuesto, la manera en que los ríos generan asentamientos de población y sirven como medio de transporte. 

Pero también hay factores negativos: la humedad, que puede generar enfermedades en la vid; un vigor excesivo si se cultiva en suelos fértiles; la existencia de orientaciones poco favorables al cultivo o el alto coste de la tierra en lugares con alta concentración de población.

En este marco complejo en el que confluyen numerosos factores, los productores -explicó Mora- deberán buscar aquellas zonas vinícolas óptimas en las que el clima y la orografía les permitan alcanzar un equilibrio adecuado (ver Foto 2) entre azúcar, acidez, taninos y aromas/sabores.

Cuatro ríos, cuatro historias

Fernando Mora MW se sirvió de cuatro ejemplos para explicar las distintas formas en las que un río puede actuar sobre el paisaje de una región vitícola y determinar, por tanto, el estilo de sus vinos. En cada caso utilizó un descriptor que resume el espíritu de estas zonas.

Burdeos y el Garona, un río aristocrático. Conocidos en Reino Unido desde 1152 cuando Burdeos estuvo bajo dominio inglés, fueron realmente los holandeses quienes desarrollaron el comercio de los vinos de esta región en el siglo XVIII y quienes drenaron y plantaron los viñedos del Médoc. La famosa clasificación de 1855 que ordena los vinos por su precio y reconocimiento en el mercado es el primer escalón hacia la aristocracia. Otros hitos incluyen la mis en bouteille à la proprieté en Mouton-Rothschild (años 50), la venta en primeur desde la década de 1970, el espaldarazo de Parker a la cosecha 1982 o el aumento desatado de los precios y la demanda en los primeros 2000.

Los grandes factores cualitativos de esta zona en la que los ríos Garona y Dordoña confluyen en el estuario de la Gironda son la corriente cálida del Golfo, la protección que ofrece uno de los mayores bloques de pinares marítimos de Europa y la estabilidad térmica que aporta la gran masa de agua del estuario. El clima es atlántico y el régimen de precipitaciones alto, con diferencias de microclimas y suelos entre la orilla izquierda y la derecha. Los mejores viñedos se sitúan en Haut Médoc y Péssac-Léognan, con sus suelos de grava bien drenados, en la orilla izquierda; y St.-Émilion y Pomerol, en la orilla derecha, donde manda la piedra caliza o la arcilla. 

El Ródano, un río hippie. Quizás no es el calificativo que más hubiera agradado a los papas que ejercieron en Aviñón en el siglo XIV, pero sí refleja la efervescencia actual de la zona y su preferencia general por elaboraciones poco intervencionistas. Una de las regiones vinícolas más antiguas de Francia, los griegos iniciaron el cultivo en el norte y los romanos lo continuaron en el sur. Los vinos del Hermitage alcanzaron gran fama entre los ingleses en los siglos XVII a XIX y no era raro que se utilizaran para dar potencia a los de Burdeos. La primera AOC francesa en 1936 fue Châteauneuf-du-Pape.

La geografía es radicalmente distinta entre el curso alto del río (Ródano Norte) y el curso medio al sur (Châteauneuf-du-Pape). En el norte, la vid se cultiva en laderas empinadas que maximizan la luz. Las mejores ubicaciones están en la orilla derecha en suelos de granito y pizarra; la erosión es una amenaza constante. El clima es continental, con abundantes lluvias (900mm). En el sur, en cambio, domina el clima mediterráneo. La vid se cultiva en planicies y colinas sobre suelos aluviales, como los que conforman los famosos galets, esas grandes piedras que retienen el calor. Hay muchas más horas de sol, menos lluvias (700 mm) y una gran influencia del viento mistral. 

El Mosela, un río monástico. La joya de Alemania es otra de las regiones vinícolas más antiguas del mundo, en cuyo desarrollo jugaron un importante papel las órdenes monásticas. Más importante aún, la primera clasificación de viñedos data de 1680 y se refleja ya en el pago de los impuestos por el vino: 30 taleros por un foudre de 960 litros en el Alto Mosela frente a 15 taleros por la misma cantidad de vino en el Bajo Mosela. 

En este caso estamos hablando de un afluente que desemboca en el Rin. El cauce del río discurre en forma de zigzag entre empinadas laderas. Su influencia es clave para que la uva madure en una zona de clima continental fresco y húmedo que está ocho grados por debajo de la temperatura media necesaria para elaborar vinos de calidad. A la regulación térmica que aporta el río se suman otros factores como la protección que ofrecen las montañas o la capacidad de la pizarra azul para absorber el calor, pero aun así se necesita la mejor exposición de las laderas orientadas al sur para alcanzar la excelencia. 

Napa, el nuevo rico del vino también tiene río. Esta joven región vinícola sufrió con fuerza los efectos de la Ley Seca (1920-1933) y no inició un claro renacimiento hasta que en 1966 Robert Mondavi creó la que está considerada la primera bodega moderna de la región. La unión del capital americano y el europeo junto a la introducción de métodos de elaboración del Viejo Mundo trajeron una prosperidad que culminó en la década de los 2000 cuando los mejores cabernets de la zona rivalizaban en precio con los de Burdeos.

Sin embargo, muy pocos conocen la existencia del río Napa, que crea condiciones muy particulares para la viticultura. Más allá del efecto moderador de la temperatura por la acción del Pacífico, el río actúa como puerta de entrada de la niebla. Desde su desembocadura en un estuario de cinco millas de ancho hasta la parte más interior del valle (con tan solo una milla de ancho) se crea un auténtico efecto embudo que hace que las zonas más meridionales (y las que están cubiertas de niebla todo el día) sean las más frescas, mientras que las situadas en el interior y más al norte, donde no llega la niebla y se pierde la influencia de la Bahía de San Pablo, resulten más cálidas. En la práctica esto da lugar a tres áreas climáticas Winkler (I, II y III) en un territorio relativamente pequeño. Las fértiles orillas del río, por otro lado, se utilizan para cultivar variedades que toleran mejor los altos rendimientos como ocurre con la sauvignon blanc.

Algunos datos básicos sobre el Duero

Situada en la vertiente atlántica, la cuenca hidrográfica del Duero es la más grande de la Península y ocupa gran parte de su cuadrante noroccidental. El río nace en los Picos de Urbión (Soria) a más de 2.000 metros de altitud y desemboca en Oporto (Portugal). La mayor parte de sus casi 900 kilómetros de longitud (572 para ser exactos) discurren por territorio español, a los que hay que añadir 112 kilómetros adicionales de curso fronterizo. 

Las regiones vinícolas españolas del Duero están situadas en el curso medio del río, entre los 600 y 850 metros, aunque la vid se cultiva hasta los 1.000 metros en algunas zonas de la Ribera. En la zona fronteriza de los Arribes se produce una brusca caída de altitud que coincide con un drástico cambio en el paisaje: el valle se estrecha y se forman las características y espectaculares gargantas que caracterizan a la región. La altitud es notablemente inferior en las regiones de Tras-os-Montes y Douro en la vertiente portuguesa de la cuenca. En estas zonas la influencia atlántica es marcada, pero se va perdiendo a medida que se avanza hacia el interior. En las regiones españolas la continentalidad del clima puede llegar a ser extrema. La sequía estival afecta al 90% de la cuenca del Duero.

El relieve y las uvas del Duero

Si pensamos en variedades, el Duero es un río de tempranillo en su vertiente española (en la Foto 3, el mapa realizado por Luis M. Munilla muestra en tonos granates y rojizos todas las regiones donde domina esta variedad) interrumpido por una mancha de uvas blancas (casi todo verdejo) en la zona de Rueda. Estas dos variedades han traspasado fronteras para convertirse en claras representantes de España como país vitícola.

En Tierra de León (en verde) manda la prieto picudo y en Valles de Benavente (al sur, en Zamora) ésta convive con la tempranillo. Arribes tiene su propio y variado universo varietal más cercano a Portugal que a España.

El geógrafo e historiador francés Alain Huetz de Lemps, quien durante más de 10 años recorrió el noroeste de la Península Ibérica desde Rioja a Galicia y buceó en numerosos archivos y fuentes documentales, propone en su obra Vignobles et vins du Nord-Ouest de l’Espagne superar el concepto de meseta para explicar la geografía del Duero y sustituirlo por el de una cuenca sedimentaria con depósitos del terciario, lo que incide en una geología más variada y compleja, como la que aparece en el mapa original de su libro (Foto 4 en el carrusel superior). 

Un poco de historia

Este mapa muestra los nombres de las comarcas tradicionales de la zona que, en muchos casos (Tierra del Pan, Tierra del Vino, Tierra de Pinares) hacen referencia a sus cultivos principales. 

El pan, el vino y la lana fueron los pilares del desarrollo de los pueblos castellano-leoneses. Los actuales viñedos del Duero son herederos de la reconquista frente a los musulmanes y la repoblación de territorios en una zona abandonada o arrasada por las batallas y las tácticas de tierra quemada. Para los nuevos pobladores llegados del Norte (gallegos, asturianos, cántabros y vascos), el vino es una parte crucial de la alimentación.

Toro es el primer viñedo comercial de la Edad Media del que se tiene constancia de ventas a la zona cantábrica. Sus vinos aparecen en el Libro del Buen Amor del Arcipreste de Hita (siglo XIV) y luego viajarán a América. Al abrigo del creciente poder de Castilla, especialmente en el siglo XVI, y sus prósperas ciudades de más de 20.000 habitantes como Valladolid (capital entre 1601 y 1606), Burgos o Salamanca, se irán desarrollando otros estilos, como los blancos de generosas graduaciones de Tierra de Medina o los claretes que se elaboraban desde Aranda a Peñafiel en el actual territorio de la Ribera del Duero. 

El mercado natural de los vinos del Duero fue la cornisa cantábrica hasta que en la segunda mitad del siglo XIX confluyen la filoxera y la mejora de las comunicaciones. El ferrocarril y la renovada red de carreteras acercan los vinos de La Mancha y Levante, mucho más competitivos en precio, y anuncian la decadencia del Duero. El renacimiento actual se inicia con el desarrollo moderno de las denominaciones de origen en España, particularmente intenso desde los años 80.

Elementos comunes y diferenciales con los grandes ríos vinícolas del mundo

Como en la mayoría de los ejemplos citados y descritos por Fernando Mora MW, el Duero es creador de vida y modelador del paisaje, lo que incide en la diversidad de sus suelos. La Foto 5, con tres cortes transversales en distintos puntos de la Ribera del Duero (más información sobre la zona aquí), muestra cómo la altitud y la mayor o menor amplitud del valle determinan diferentes afloraciones de estratos del suelo a los que pueden acceder la raíces de la vid.

Uno de los grandes factores de calidad de las regiones castellano-leonesas se deriva de las notables diferencias térmicas entre el día y la noche que aportan el equilibrio y la estructura necesaria para elaborar vinos de guarda. 

Sin embargo, también existen elementos diferenciales claros. El más llamativo quizás, el hecho de que el Duero no es navegable en su vertiente española, lo que constituye una clara debilidad (sólo hay que pensar en cómo contribuyó al desarrollo del oporto el hecho de que los vinos pudieran viajar por el río para ser envejecidos junto a su desembocadura en Vilanova de Gaia para ser posteriormente embarcados hacia diferentes mercados). 

Climáticamente hablando, la continentalidad puede ser tan extrema como para que haya riesgo de heladas no solo en primavera sino en el inicio del otoño antes de vendimia. Este riesgo siempre latente es un excelente ejemplo de la dureza de la zona, subrayado por la austeridad de un paisaje de páramos y cerros (a los que se encaraman espectaculares castillos edificados tras la reconquista) que ha forjado también el carácter de las gentes del Duero.

A favor juega la altitud, muy superior a la de los grandes ríos vinícolas europeos, que compensa la latitud más baja y ofrece herramientas contra el cambio climático tanto en sus zonas más altas como por sus exposiciones más frescas. 

La idea de periferia

La diversidad es el concepto que se perfila con más fuerza para describir la cuenca del Duero en su vertiente española. Tiene que ver con la complejidad de los suelos y las orientaciones, la amplitud de sus regiones vinícolas en las que quedan muchas zonas por explorar. Algunas que empiezan a asomar son Covarrubias en la zona del Arlanza, las viñas prefiloxéricas de suelos arenosos en la vertiente segoviana de Rueda, los viñedos a gran altitud en la parte soriana de Ribera del Duero o el espacio de aparente rusticidad pero aún con un enorme potencial por explorar de los Arribes. Sin olvidar esa periferia lejana de regiones castellano-leonesas que escapan de la cuenca del Duero pero que son una fuente de diversidad.

Si pensamos en estilos, existe todo un potencial de elaboraciones más o menos tradicionales que empiezan a esbozarse lentamente: el pequeño nicho de los blancos en Ribera (pese a no estar acogidos a DO), la recuperación de los generosos de Rueda o la puesta en valor del clarete en un mercado internacional de alta demanda de rosados. Y aún están por definir estilos apoyados en variedades autóctonas de cierto peso en la zona como la prieto picudo tinta y la alvarín blanca de León, o las bruñal y juan garcía en Arribes. 

Por otro lado, el proyecto de recuperación de variedades minoritarias emprendido por el Itacyl y sobre el que hablaremos con más detalle en unos días dibuja un futuro insospechado de oportunidades y alternativas para elaborar vinos más frescos y menos estructurados, así como para combatir el cambio climático o ayudar a compensar el alto pH de la tempranillo. 

Para Fernando Mora MW, los ríos tienen distintas maneras de hacer grandes a sus  regiones vinícolas: el Garona por sus suelos y su historia comercial; el Ródano por su larga historia y topografía; el Mosela por sus tempranas clasificaciones y orientaciones; y el Napa por su poderío económico y ubicación como puerta de entrada de un fenómeno climático definitorio para la viticultura. En este contexto, la grandeza del Duero estriba en su diversidad. Para nosotros, el Duero es el río plural. 

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